lunes, 8 de junio de 2009

Atrapado en Berlín

Hace calor. Hace un calor insoportable, pero en esta ciudad, cuando el día es gris, como el de hoy, usamos siempre la palabra ‘bochorno’ para definirlo. Sólo de ir andando hasta el videoclub para devolver las películas de la doble sesión dominguera de home cinema, quedo empapado en sudor, por lo que decido hacer una parada y fonda.

- ¿Me pones una agua con gas, con hielo, por favor?- así matamos dos pájaros de un tiro, pienso; secado rápido del sudor y aceleración del proceso de recuperación de la resaca, que con los años se alarga cada vez más, hasta casi bien entrada la noche del lunes. Sobretodo la pesadez de estómago, que parece que no llegue nunca el momento de volver a sentirte limpio por dentro…
- Te enciendo el aire, que hace un bochorno hoy…- argumenta mientras sirve el agua, tratando de establecer conversación, aburrido por ser yo su único cliente.
- Hace un bochorno horroroso- le contesto, para que vea que yo también soy lugareño.
- Sí que es verdad, sí. En cambio, en Berlín..., acabo de volver de Berlín, he estado cuatro años viviendo allí…, nunca hace tanto bochorno como aquí…

Esta es la cuarta vez que paro en este bar, la primera hace ya más de siete meses, y siempre sabe, aunque sea traído por los pelos, encontrar el modo de soltarme que ha vivido durante cuatro años en Berlín.
- Si quieres conectarte, te doy la password del wifi- me dijo la primera vez que me vio sacar el portátil- Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo allí cuatro años…, y allá casi todos los bares tienen conexión a internet, no como aquí…
- Pues aquí está, un café sólo, bien corto, como los hacen en Berlín… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- fue la excusa la segunda vez.
- ¿Una cerveza? ¿Alguna en especial? No, lo digo porque en Berlín siempre piden la cerveza por la marca… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- me argumentó por tercerea vez cuando le pedí una caña.

Cuando salgo, releído el periódico, finalizada la medicinal agua con gas y consumidos tres cigarros casi por inercia, una bicicleta que circula por la acera frena bruscamente para no arrollar a un peatón de barba y pelo blanco. La bronca se monta en un instante:
- ¡Ya está bien, hombre, ya está bien! ¡Qué vais como locos! ¡No se puede ir así por la acera, atropellando a la gente! ¡No hay derecho, hombre, no hay derecho!- le grita el casi agredido barbudo de mediana edad al joven sudamericano, aferrado aún al oxidado manillar de su bici, sorprendido porque las pastillas de freno hayan llegado a responder.
- ¡Sí señor! ¡Tiene usted toda la razón!- se añade una señora mayor de la terraza contigua, agarrada, aún temblorosa por el susto, a su taza de té con limón.
- ¡Si es que son unos animales! ¡Van con las bicicletas como si la acera fuera suya!- increpa también su acompañante, otra anciana mujer con más tiempo vivido del que le queda, seguro, por vivir.

Y en ese impase, aprovechando el silencio que se crea en un altercado cuando ya ha hablado el subconsciente y ya hay que empezar a pensar qué se dice, justo antes de que el sudamericano vuelva a pedalear, suelto, provocativo, mi arañazo:
- Desde luego… Somos la única ciudad europea en la que se permite esta anarquía ciclista…
- ¡Ni que lo jures!!- grita mi camarero desde la puerta de su local- ¡En Berlín estas cosas no pasan!
Y, una vez metida la puntita, el resto ya entra solo.
- Sí, es que acabo de volver de Berlín... He estado viviendo cuatro años allí- explica, ante la atónita mirada del hombre de la barba blanca, el sudamericano de la bicicleta y las dos ancianas de la terraza limítrofe.

Durante mi camino de regreso a casa, no puedo evitar imaginármelo tras la barra de una cafetería berlinesa, igualmente aburrido, buscando la ocasión adecuada para soltarle a todas las rubias con trenzas y grandes pechos, o sin ellas y pechos pequeños, da igual, la que seguro fue la frase que más pronunció en alemán:
- Ich bin gerade zurück aus Barcelona... Ja, ich bin aus Barcelona…

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