martes, 30 de junio de 2009

Atrapados en azul cielo (parte uno)

Entro decidido, con faso firme. Estos sitios me dan miedo. Desde hace tiempo, que les tengo pánico. Una noche me hicieron descubrir las consecuencias por no temer cuestionar su supremacía, y desde entonces que me tiemblan las piernas cada vez que entro en un sito de estos. Y no quiero que se me note. Por eso entro decidido, con paso firme.

- Hola, buenas. Venía a poner una denuncia.
- Espere el turno- me dice sin levantar la vista.
- ¿Pero… si no hay… nadie…?
- Espere su turno- ya con un tono más grave.
- Vale…- doy un paso hacia atrás, buscando loco una máquina como aquellas que tienen en las carnicerías para repartir tandas. Pero no la hay.
- ¿Me avisará usted de cuando ha llegado mi turno o bajará ahora el comisario a repartir cartulinas de colores con números grandes estampados?
Y esta vez sí, levanta por primera vez la vista de la mesa para dirigirme la palabra.
- Espere, su, turno.
- Vale. Me siento. Supongo que de un modo u otro ya me enteraré…- y me aparto de su mesa.

Me siento en una silla de plástico central, de una tira de seis, color beige, con mi enorme rueda de bicicleta apoyada en el regazo, a observarlo, paciente. No tengo nada más qué hacer.

- Moranta, aquí te dejo una mujer del barrio que viene a poner una denuncia- y mientras el tipo le ofrece con un gesto, cordial, una silla de las que me rodean, Moranta, vengativo, coge impulso para el cuchillazo trapero.
- No, no, que pase. Pase, pase, señora…
Y en la cara de incomprensión al mirarme, y de interrogatorio al escrutar a Moranta, descubro el maquiavélico plan del acomodado recepcionista de oficina con chapa y uniforme.
- No, ese está esperando su turno- responde sin acritud.- Pase, pase, señora…

Maldito. Maldito funcionario apalancado sin cuentas que rendir, ni prisa por hacer, ni ganas de servir. Mísero maldito. Pero no tengo nada más qué hacer, y trago saliva.

La mujer estaba mirando la tele con su marido. 34 años de matrimonio. Toda la vida en el mismo piso. Han oído un ruido. Muy fuerte. Venía de arriba. La primera vez que lo oía. La mujer se ha asustado. No, no por nada, pero se ha asustado. Y ha subido a ver. Ha llamado a casa de don Juan. 76 años. Viudo. Muy buena gente, se hace querer. Pero mayor, ya mayor. Le cuesta subir las escaleras. Él no ha oído nada. Y han decidido llamar a la puerta de los Beltran. Pareja joven. Entran y salen mucho, pero se les ve limpios. No se sabe si son propietarios. No van a las reuniones de vecinos. Él es muy educado. Y no han abierto. Han llamado más veces. No han contestado. En ese punto, ella creía que era mejor llamar a la policía, pero don Juan ha vuelto a llamar. No han contestado. Han escuchado a través de la puerta, y no se oía nada. Ella ha ido a casa, se ha cambiado la bata y ha bajado a la comisaría. No hay nada extraño en el portal. No hay nada sospechoso en el rellano de los Beltran. No hay nada infrecuente. Su marido sigue viendo la televisión.

¡Tres cuartos de hora! ¡Para explicar esto, se ha tirado cuarenta y siete minutos de reloj! ¡Y el, ahora ya sí, hijo de la gran puta de Moranta, venga darle cuerda! Pero la mujer se hace tan cansina, que tras el quinto ‘¿Qué quiera que haga, señora, si no hay nada raro, sólo un ruido que ha oído usted…, sí, usted y su marido…, y qué quiere que haga yo? ¿Si no hay nada que denunciar…?’, se la saca de encima.

- Siguiente- pronuncia en tono neutro, mirando el horizonte, retomando la compostura, tras beber un largo trago de agua.
Me está buscando. Aquí no hay nadie más. Me está buscando... Y yo no tengo nada más qué hacer… Y él tampoco… Y nos vamos a encontrar…
Así que aguanto, impertérrito, repasándome visualmente las uñas para improvisar una dental manicura. Evidente.
- Siguiente- y ya eleva un poco más el tono.
Y ahora reviso, distraído, las manchas de humedad de la esquina superior izquierda. Imperdonable que no le hayan dado ya una mano de pintura, por otro lado.
- Siguiente!- ahora ya casi grita.
- ¿Ah, yo? ¿Ya es mi turno?- me incorporo para dirigirme, frontal, a una de las dos sillas, viejas, bajas, simétricas, que franquean su mesa triste- es que no sabía si iba a bajar el comisario a repartir las cartulinas…- y me siento en la de la izquierda, con mi enorme rueda de bicicleta en el regazo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario