martes, 16 de junio de 2009

Un brindis por Polonia (parte uno)

El sol ya ha salido, pero la música no para. El escenario del embolado ya está vacío, pero el baile no cesa. La multitud empieza a dar síntomas de cansancio, pero nadie quiere dar la fiesta por acabada. Es un pueblo pequeño, y las oportunidades de juntarse para beber y bailar hasta las tantas de la mañana, en medio de la calle, entre la panadería y la caja de ahorros, son escasas. Nadie, ni tan siquiera la policía municipal, que ha preferido empezar el turno patrullando por otros barrios, quiere poner fin a la pacífica aglomeración de doscientos cuerpos que siguen danzando, sonrientes, al son de cuatro atronadores altavoces. Cuando por fin alguien desenchufe, sólo va a quedarnos la resaca y un año de espera para volver a bailar todos juntos y, en un pueblo pequeño, ser el aguafiestas responsable es difícil.

Deambulo, porro en mano, por la improvisada pista de baile, sin dejar de mover rítmicamente el cuerpo, como si me sucediera una larga conga que sólo todos los demás no pueden ver. Cruzo miradas, cada vez más achinadas, y sonrisas, con todos los que desfilan a mi nublado paso. Danzo delante de la joven panadera, y en sus ganas de seguirme el compás veo que me reconoce de haberle comprado dos de medio esta mañana, cuando ambos estábamos sobrios. Salto abrazado al traficante del pueblo, con camisa rosa de marca y collares de oro, que sólo sonríe, sin intención ya de vender más drogas. Me contoneo junto a una rubia de rizos largos y pechos magnos, que se ilumina, coqueta, voluptuosa, aunque sus ojos cansados sólo expresen súplica: ‘Hoy no quiero dormir sola. Hoy no. No me dejes dormir sola. Hoy no’. Pero yo únicamente quiero bailar y bailar. Quiero que mis pies no paren, que la música no pare, que la fiesta no pare y que el fin del mundo nos pille bailando.

Cerveza. De pronto me doy cuenta de que necesito otra cerveza. No sé cómo he llegado hasta este punto sin advertirlo antes, pero tengo la boca tan seca que no puedo ni tragar. Me acerco veloz a las todopoderosas neveras-mostrador de Coca-Cola, rebuscando al tiempo calderilla en mis bolsillos.
- Una cervesa, si us plau- le pido al improvisado camarero por un día, recalcando la urgencia con el tono de mi voz. Mientras aguardo el cáliz de plástico repleto de glorioso líquido dorado, escruto la divertida masa humana que sigue danzando sin tregua. Bebo casi la mitad de un sorbo, curativo, como quien encuentra el oasis tras el duro desierto. Y es entonces cuando me fijo en él.

Tiene unos cincuentaisiete años, viste una camisa azul de finos cuadros amarillos, y luce un bigotito, ya blanco, bien perfilado. Está apostado a mi lado, en la barra, y me llama la atención el modo en que desoye la fiesta que se sucede a su espalda. Sus ojos están fijos en su vaso, medio vacío, que sostiene con rabia y miedo encima del tablero, aferrándolo con una mano fuerte y curtida de hombre trabajador. Dudo. Quiero marcharme de allí, quiero seguir bailando, quiero escapar y que nada me pare. Pero hay algo en su mirada que me inquieta. Mierda.

- ¿Qué pasa, amigo? ¿Cómo estás?- le pregunto, sin demasiada intención. Poco a poco levanta los ojos de su bebida, hasta fijarlos en los míos, y es entonces cuando descubro una de las miradas más tristes que he visto en toda mi vida.
- Bien, bien- responde tímido, con una media sonrisa, como quien no quiere que se le vea la pena. Tiene un marcado acento del este.
- Vaya, pues para ser esto una fiesta, no se te ve muy animado…
- ¿Eh?
- Que no parece que estés muy animado…- repito mientras doy otro sorbo, como queriendo quitarle importancia a la conversación.
- ¿Eh?- me escruta atento a mis labios. Quiere entenderme, pero no puede. Y sus cansados ojos, casi vidriosos, se vuelven a clavar en los míos, solícitos.
- Tu… pareces… no muy… bien- articulo acompañando cada palabra de gestos- ¿Estás bien? ¿Tu… bien?
- Ah, ya, sí, sí, bien, bien- y baja la vista de nuevo, como si no quisiera molestar. Él no es más que un extranjero cansado, borracho y triste, y yo un joven exaltado que sólo quiere bailar. Pero esos ojos duelen.
- ¿Tu… de dónde?
- ¿Yo?- pregunta con sorpresa, extrañado de que alguien quiera conversar con él- Yo, polaco. Polonia.
- ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?
- ¿Eh?
- ¿Tu… cuánto tiempo… aquí?
- Sí…, no sé.- No me ha entendido.
- ¿Tú… trabajas… aquí?
- Sí, sí, yo trabaja aquí.
- ¿Cuánto tiempo… tu trabajas… aquí?
- Siete. Siete años yo trabaja aquí.
- Tú… siete años… trabajas aquí… ¿y tú… no… hablas… español?
- Sí, sí, yo poco español- me confiesa apenado, con arrepentimiento.
- ¿No… español… en trabajo?
- No…, sólo polacos. Trabajo sólo polacos.

Joder. Este hombre lleva siete años trabajando aquí, siete años, y no habla mi idioma porque en siete años no ha hecho otra cosa que trabajar, junto a otro grupo de polacos. Y ahora a ver quien tiene cojones de mirarle a la cara y decirle que eso se acabó, que el trabajo va a tardar en volver, pero que gracias. Joder, qué bien lo estamos haciendo. Joder.

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