Poco a poco me va perdiendo el miedo, que no el respeto, y me cuenta su vida. Es un hombre sencillo, afable, con esa piel fuerte y áspera que deja el duro trabajo. Llegó, como muchos, como tantos, movido por la falta de mano de obra que ofertaba el sector de la construcción, y ha estado dando tumbos por todo el territorio según la ubicación de la promotora. Siempre con un grupo de polacos.
- Sí, sí, yo mujer, y dos hijos. ¿Tú hijos?
- No…, yo no.
- Yo dos hijos. Ya…, dos hijos.
- ¿Y… tu familia… aquí?
- No…, Polonia. Mujer Polonia... Hijos Polonia... Yo solo aquí… Todos Polonia... Yo solo…- y la pena se me escapa de nuevo del alma para subirme de golpe a la garganta. Y él aparta la mirada, incómodo, tratando de esconder una amargura que viene de lejos, y que no quiere mostrar, por pudor, o por recelo. Los hombres polacos no lloran, y en su caso aún no sé si es por orgullo o porque ya no le quedan lágrimas que llorar.
Se hace un silencio, casi incómodo, si no fuera porque en el transcurso de nuestra conversación le he prometido, en un alarde de egocentrismo, borrachera y sinceridad, que yo no estaba allí para consolarlo. Sólo puedo escucharlo.
- ¿Otra cerveza, amigo?
- Sí, cerveza. ¿Tú cerveza?
- Sí…, yo también voy a tomarme otra cerveza- me digo a mi mismo, mientras encaro de nuevo al camarero.- Dos cerveses, si us plau.
Se revuelve presto buscando su cartera en el bolsillo trasero, pero mis dedos de prestigiador son más rápidos y alargo, convencido, mi último billete de diez euros.
-No, amigo…, no, estas las pago yo.
- Yo invito, yo invito.
- No, no, a estas invito yo.
Y el joven camarero, aburrido ya de tanto baile vivido desde una barrera cada vez menos transitada, y al que no le ha costado nada seguir nuestra conversación de escuetas palabras y gestos obvios, recoge mi billete de diez y, con disimulo, me devuelve dos de cinco.
- No. A estas invito yo- sentencia con voz firme, a pesar de tener el mismo nudo que yo en la gola.
- Na zdrowie!- le alza el vaso al camarero- Na zdrowie!- me lo ofrece a mi también.
- Na zdrowie!- le replico, y nuestras copas de plástico chocan sin ruido.
Bebemos en silencio. Ya no queda mucho por decir. La melancolía que acarrea el exceso de alcohol y de cansancio hace acto de presencia, y ahora somos ambos los que fijamos nuestra vista en los respectivos vasos, aferrándolos con rabia y decepción. No sé qué decir. Ya no queda mucho por decir.
- No has tenido una vida fácil…, amigo- resumo, sincero.
Y el polaco me mira, con una sonrisa clara, y se le escapa, por primera vez en mucho tiempo, una amarga lágrima tan cargada de dolor, incomprensión y desilusión, que el corazón se me rompe.
- No…, yo vida no fácil…, vida no fácil…, amigo.
Y entonces lo abrazo, instintivamente lo abrazo. Lo abrazo fuerte para que llore tranquilo sin que yo lo vea. Lo abrazo fuerte para que no vea que yo también lloro. Lo abrazo fuerte como no lo ha abrazado nadie en siete años. Y le miento por primera vez.
- Todo irá bien. No te preocupes…, todo irá bien.
Y los altavoces le cantan un tango, mientras se aleja, solo, por una calle en la que ya es de día.
miércoles, 17 de junio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
por fin un poco de esperanza entre tanta desgracia. La tónica derrotista por donde se movían los anteriores escritos nos estaban adentrando en un mar oscuro de depresión y desasosiego. Todavía podemos creer en la condición humana? ¿Tan mal está todo? Ahora veo que no. Esto se puede salvar.
ResponderEliminarIdelfonso Muntaner