- Perdona… Hola… ¿Me pones…? ¡Perdona! Oye, ¿me pones…?
Nada, ni puto caso. La tía sigue pegada al televisor, de espaldas, sin hacer ni puto caso. Michel Jackson ha muerto. Y hoy no se sirven ni cafés. Pero la contemplación de su tanga me calma la ansiedad de cafeína, y atiendo yo también al improvisado reportaje.
Imágenes de cuando era pequeño. Los Jackson Five. Imágenes de él dando un concierto. Baila, agarrándose los huevos. Imágenes del videoclip ‘Thriller’. Saluda, en varias idas y venidas, a la multitud que lo aclama. Imágenes de un parque de atracciones. Primeros escándalos sexuales. Últimamente va siempre con paraguas, para que ni le acaricie el sol. Se casa con la hija de Elvis Presley. Orden de búsqueda y captura. Es imputado, declarado no culpable, en un caso de pederastia. 3 millones de euros de fianza, 20 de indemnización, y a la calle. Se autoproclama el Rey del Pop. Dos bodas, dos divorcios. Zarandea a un bebé a través de un balcón de cuatro pisos, extasiado, como queriendo demostrar que su hijo no es negro. Nuevas acusaciones de abusos sexuales a menores. Lleva calcetines blancos con mocasines.
Nace negro. Muere flaco, feo y blanco.
Imágenes de medio mundo llorándolo.
Los sordos tienen que estar flipando.
- Ay, perdona, ¿qué te pongo?
¡Dios! Es tan fea que casi da miedo mirarla! Y se ha girado, así, de golpe… Lleva aparatos, pelo lacio. Medio bizca, con ojos asimétricos. Cejas peludas, negras. Casi sin pecho. Unos treinta largos. Es tan fea que cuesta mirarla y no llorar. No sé, supongo que no lo parecía, de espaldas no lo parecía. Será el tanga.
- Café. Solo. Amargo.
Joder. No me salen más palabras. Joder. Esta tía no lo ha tenido fácil… Y unos cojones ha tenido una vida fácil esta tía! Y a mi no me salen más palabras… Joder. Busco, y rebusco, casi con estrés, pero no encuentro más. Dios, que se de la vuelta de una vez y vuelva a mostrarme su lado amable. Jacko, sácame de esta, por lo que más quieras.
‘See you in july’, son sus últimas palabras públicas. Y a Amaya, leo en su placa, le cae una amarga lágrima justo al lado de mi taza. Imágenes de una ambulancia, sin prisa. Cuando mure, pesa 51 kilos.
Nace negro. Muere flaco, feo, blanco y multimillonario.
Imágenes de medio mundo llorándolo.
Los de África tienen que estar flipando.
- Amaya, escucha- me armo de valor y hasta le cojo la mano- No llores. No hay motivo para ello. Michael volverá. Resucitará de entre los muertos, como sólo saben volver los grandes. El Sabbat, al noveno día. El 4 de julio, cuando en su casa estén de celebración, Michael volverá. ‘See you in july’, son sus palabras…
Y en su modo de apretarme la mano noto que está empezando a creerme. Quiere creerme. Aunque a mi me está empezando a dar un poco de asco tenerla tan cerca.
- También hubo gente que dudó de Jesús cuando lo vieron clavado a la cruz… Pero Jacko volverá. Resucitará de entre los muertos. Y todos sabremos que el nuevo Mesías ha llegado. Que el nuevo Salvador ya está aquí. Volverá cantando, y bailando, como en Thriller. Nos traerá la luz que le falta a este mundo cruel. Y nos enseñará que, si lo deseas, hasta el color de la piel puedes cambiar.
Y me zafo de su mano, que comenzaba a sudarle. La cara se le ilumina, los ojos vuelven a brillarle. Hasta esos dos pezones que tiene por pechos parecen erizársele. Es fea de cojones. Pero no costaba tanto hacerla reír.
Me bebo el café de un trago, muy digno. Casi me abraso la lengua, pero disimulo. Regalo diez céntimos de propina para no esperar el cambio.
- Que Jacko te bendiga.
Y escapo de allí.
El sol me golpea la cara. Cojo aire, y camino. Como vuelva el freaky éste el sábado, Amaya y yo lo vamos a flipar. ‘Tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo’, me regala el iphone. ¿Y si volviera, lo haría blanco o negro? Si volviera negro, los de África lo iban a flipar de nuevo. Quizá entonces no íbamos a dejarlos morir de hambre.
‘Tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo’.
Pues porqué me sienta tan mal que lo siga siendo.
viernes 3 de julio de 2009
Atrapados en azul cielo (parte dos)
- Usted dirá.
- Venía a poner una denuncia, por robo.
- ¿Qué le han robado?
No me lo creo. Tengo que alargar el cuello para poder mirarlo a la cara por encima de los 26 centímetros de diámetro de caucho, pero como parece no ser una pista suficientemente obvia, decido levantar la rueda y hablarle a través del amasijo de radios.
- La bicicleta.
- ¿Y esto qué es?- pregunta señalando con la cabeza.
- La rueda delantera de mi bicicleta, lo único que he encontrado cuando he ido a buscarla.
- Así pues, ‘técnicamente’, no le han sustraído una bicicleta, sino sólo algunas partes, ¿no?
- Sí, supongo que sí…
- Bien,- saca un formulario y coge un boli- desde el inicio, cuénteme que ha pasado.
- He bajado en mi bicicleta a comer a un chiringuito del paseo marítimo, el que está justo en la esquina, al final de todo. He atado la bicicleta en la parte de atrás, en el sitio específico que hay para candarlas, y cuando he salido sólo quedaba la rueda delantera, aún maniatada al poste.
- ¿Y qué tal?
- Pues jodido, la verdad, jodido…
- No, digo el restaurante.
- Ah, bien…, calidad-precio bastante bien, aunque un poco lentos en el servicio.
- Siempre he querido ir a probarlo, pero como tiene ya cuatro denuncias por falta de higiene, no me acabo de decidir…
- Oiga, ¿podemos centrarnos en la bicicleta, por favor?
- Ah, sí, sí, claro. ¿Nombre?- con intención ya de empezar a tomar datos.
- Black Thunder.
- ¿Cómo?
- Black Thunder. El Trueno Negro. Yo la llamo así, pero no sé de qué puede servir eso, porque no responde aunque la llames…
- No, no, su nombre, no el de la bicicleta.
¿Quieres guerra, Moranta? Pues la vas a tener. Y a partir de aquí empezamos un diálogo tan absurdo que podría muy bien servir como base para una nueva dramaturgia de Samuel Beckett, si no estuviera muerto, claro está.
Jugamos a ver quién pierde antes la paciencia, a ver quién explota primero y le suelta un guantazo a mano abierta a su interlocutor. Es como una especie de ruleta rusa, por lo que ante cada nueva esperpéntica respuesta, aparto ligeramente la cara, temeroso, para minimizar el posible impacto. Sobre todo cuando consigo que se le hinche la vena del cuello, de la que no pierdo detalle, como si de una luz de alarma de tratara.
Decido, ya que, ‘técnicamente’, no me han robado la bicicleta completa, denunciar el robo de todos y cada uno de sus componentes, por separado: cuadro; Gary Fisher – Marlin disc, cambio; Shimano Deore M530, horquilla; Rock Shox Dart 2, cubierta trasera; Bontrager Jones, frenos; Avid BB5… Y como tampoco sé tanto de bicicletas, llega un punto en que ya opto por inventármelo, buscando siempre palabras de raíz anglosajona lo suficientemente complicadas como para que el pobre Moranta, que no tiene ni puta idea de inglés, ni de bicicletas, se vea obligado a pedirme que se lo deletree, sin dejarle pasar ni una sola letra mal escrita: sillín; Barrakho Ass Race Two, pedales; Hoo Woo Spinning, manillar; Wellfuck Man Blue T670, bielas; Big Teets Bitch GR32…
Una hora y veinticinco minutos más tarde, cuando por fin libero el trono, la desnutrida sala de espera se ha quedado pequeña. Dos japoneses sin cámara de fotos, un ejecutivo sin cartera ni móvil, una ama de casa sin bolso y dos punkies sin perro ocupan la tira de seis sillas, así que la vecina, que no se ha quedado del todo tranquila con el ruido, espera de pie.
- Pues bueno, inspector Moranta, gracias por todo y espero recibir noticias suyas pronto…- le suelto ya de pie.- Por cierto, ¿podría decirme cual es el procedimiento habitual, en estos casos?
- Sí, claro- cara de desesperación de los miembros de la cola.- Ahora, en cuanto llegue el comisario, le abordaré con el tema para ver si me autoriza a poner en marcha un dispositivo especial. Le propondré sacar esta noche todos los efectivos a la calle a deshinchar las ruedas de todas las bicicletas de la ciudad, y mañana ponemos todas las patrullas a vigilar las estaciones de aire comprimido de las gasolineras.
- Ya… ¿Y toda la gente que tiene mancha en casa?
- El cerco se estrecha, créeme hijo, el cerco se estrecha…- ironiza el cabrón mientras me guiña, casi en confidencia, un ojo.
- Vaya, ¿que usted cree que la recuperarán?
- Es nuestro trabajo, caballero- y de tan servicial, que casi se pone firme.
Modo aleatorio. Queen, ‘I was born to love you’, en el iphone, al salir a la calle, de vuelta a casa, andando. No consigo que se me pase la mala hostia. Y lo que más me jode es no saber qué me jode más. Si saber que no van a hacer nada por encontrar una bicicleta, si saber que no van a hacer nada por encontrar unas cámaras japonesas, ni por una cartera, ni un móvil, ni un bolso, ni unos perros…, lo del ruido es discutible…, o saber que todos los demás lo tenemos asumido. Supongo que lo que acojona es vivir en una ciudad dónde lo tenemos asumido. Sea como sea, modifico inconscientemente mi ruta para pasar por delante de una tienda de bicis. Hay una de oferta. Lo anuncian en grande, y fluorescente, así que debe ser un chollo. Y en pequeño, el precio. 299, 99 euros. Lo de los ,99 ya canta, pero por 300 no está mal. Dudo. En la tienda de al lado, una ferretería, venden unas tenazas grandes, enormes, por sólo 22 euros. Dudo.
- Venía a poner una denuncia, por robo.
- ¿Qué le han robado?
No me lo creo. Tengo que alargar el cuello para poder mirarlo a la cara por encima de los 26 centímetros de diámetro de caucho, pero como parece no ser una pista suficientemente obvia, decido levantar la rueda y hablarle a través del amasijo de radios.
- La bicicleta.
- ¿Y esto qué es?- pregunta señalando con la cabeza.
- La rueda delantera de mi bicicleta, lo único que he encontrado cuando he ido a buscarla.
- Así pues, ‘técnicamente’, no le han sustraído una bicicleta, sino sólo algunas partes, ¿no?
- Sí, supongo que sí…
- Bien,- saca un formulario y coge un boli- desde el inicio, cuénteme que ha pasado.
- He bajado en mi bicicleta a comer a un chiringuito del paseo marítimo, el que está justo en la esquina, al final de todo. He atado la bicicleta en la parte de atrás, en el sitio específico que hay para candarlas, y cuando he salido sólo quedaba la rueda delantera, aún maniatada al poste.
- ¿Y qué tal?
- Pues jodido, la verdad, jodido…
- No, digo el restaurante.
- Ah, bien…, calidad-precio bastante bien, aunque un poco lentos en el servicio.
- Siempre he querido ir a probarlo, pero como tiene ya cuatro denuncias por falta de higiene, no me acabo de decidir…
- Oiga, ¿podemos centrarnos en la bicicleta, por favor?
- Ah, sí, sí, claro. ¿Nombre?- con intención ya de empezar a tomar datos.
- Black Thunder.
- ¿Cómo?
- Black Thunder. El Trueno Negro. Yo la llamo así, pero no sé de qué puede servir eso, porque no responde aunque la llames…
- No, no, su nombre, no el de la bicicleta.
¿Quieres guerra, Moranta? Pues la vas a tener. Y a partir de aquí empezamos un diálogo tan absurdo que podría muy bien servir como base para una nueva dramaturgia de Samuel Beckett, si no estuviera muerto, claro está.
Jugamos a ver quién pierde antes la paciencia, a ver quién explota primero y le suelta un guantazo a mano abierta a su interlocutor. Es como una especie de ruleta rusa, por lo que ante cada nueva esperpéntica respuesta, aparto ligeramente la cara, temeroso, para minimizar el posible impacto. Sobre todo cuando consigo que se le hinche la vena del cuello, de la que no pierdo detalle, como si de una luz de alarma de tratara.
Decido, ya que, ‘técnicamente’, no me han robado la bicicleta completa, denunciar el robo de todos y cada uno de sus componentes, por separado: cuadro; Gary Fisher – Marlin disc, cambio; Shimano Deore M530, horquilla; Rock Shox Dart 2, cubierta trasera; Bontrager Jones, frenos; Avid BB5… Y como tampoco sé tanto de bicicletas, llega un punto en que ya opto por inventármelo, buscando siempre palabras de raíz anglosajona lo suficientemente complicadas como para que el pobre Moranta, que no tiene ni puta idea de inglés, ni de bicicletas, se vea obligado a pedirme que se lo deletree, sin dejarle pasar ni una sola letra mal escrita: sillín; Barrakho Ass Race Two, pedales; Hoo Woo Spinning, manillar; Wellfuck Man Blue T670, bielas; Big Teets Bitch GR32…
Una hora y veinticinco minutos más tarde, cuando por fin libero el trono, la desnutrida sala de espera se ha quedado pequeña. Dos japoneses sin cámara de fotos, un ejecutivo sin cartera ni móvil, una ama de casa sin bolso y dos punkies sin perro ocupan la tira de seis sillas, así que la vecina, que no se ha quedado del todo tranquila con el ruido, espera de pie.
- Pues bueno, inspector Moranta, gracias por todo y espero recibir noticias suyas pronto…- le suelto ya de pie.- Por cierto, ¿podría decirme cual es el procedimiento habitual, en estos casos?
- Sí, claro- cara de desesperación de los miembros de la cola.- Ahora, en cuanto llegue el comisario, le abordaré con el tema para ver si me autoriza a poner en marcha un dispositivo especial. Le propondré sacar esta noche todos los efectivos a la calle a deshinchar las ruedas de todas las bicicletas de la ciudad, y mañana ponemos todas las patrullas a vigilar las estaciones de aire comprimido de las gasolineras.
- Ya… ¿Y toda la gente que tiene mancha en casa?
- El cerco se estrecha, créeme hijo, el cerco se estrecha…- ironiza el cabrón mientras me guiña, casi en confidencia, un ojo.
- Vaya, ¿que usted cree que la recuperarán?
- Es nuestro trabajo, caballero- y de tan servicial, que casi se pone firme.
Modo aleatorio. Queen, ‘I was born to love you’, en el iphone, al salir a la calle, de vuelta a casa, andando. No consigo que se me pase la mala hostia. Y lo que más me jode es no saber qué me jode más. Si saber que no van a hacer nada por encontrar una bicicleta, si saber que no van a hacer nada por encontrar unas cámaras japonesas, ni por una cartera, ni un móvil, ni un bolso, ni unos perros…, lo del ruido es discutible…, o saber que todos los demás lo tenemos asumido. Supongo que lo que acojona es vivir en una ciudad dónde lo tenemos asumido. Sea como sea, modifico inconscientemente mi ruta para pasar por delante de una tienda de bicis. Hay una de oferta. Lo anuncian en grande, y fluorescente, así que debe ser un chollo. Y en pequeño, el precio. 299, 99 euros. Lo de los ,99 ya canta, pero por 300 no está mal. Dudo. En la tienda de al lado, una ferretería, venden unas tenazas grandes, enormes, por sólo 22 euros. Dudo.
martes 30 de junio de 2009
Atrapados en azul cielo (parte uno)
Entro decidido, con faso firme. Estos sitios me dan miedo. Desde hace tiempo, que les tengo pánico. Una noche me hicieron descubrir las consecuencias por no temer cuestionar su supremacía, y desde entonces que me tiemblan las piernas cada vez que entro en un sito de estos. Y no quiero que se me note. Por eso entro decidido, con paso firme.
- Hola, buenas. Venía a poner una denuncia.
- Espere el turno- me dice sin levantar la vista.
- ¿Pero… si no hay… nadie…?
- Espere su turno- ya con un tono más grave.
- Vale…- doy un paso hacia atrás, buscando loco una máquina como aquellas que tienen en las carnicerías para repartir tandas. Pero no la hay.
- ¿Me avisará usted de cuando ha llegado mi turno o bajará ahora el comisario a repartir cartulinas de colores con números grandes estampados?
Y esta vez sí, levanta por primera vez la vista de la mesa para dirigirme la palabra.
- Espere, su, turno.
- Vale. Me siento. Supongo que de un modo u otro ya me enteraré…- y me aparto de su mesa.
Me siento en una silla de plástico central, de una tira de seis, color beige, con mi enorme rueda de bicicleta apoyada en el regazo, a observarlo, paciente. No tengo nada más qué hacer.
- Moranta, aquí te dejo una mujer del barrio que viene a poner una denuncia- y mientras el tipo le ofrece con un gesto, cordial, una silla de las que me rodean, Moranta, vengativo, coge impulso para el cuchillazo trapero.
- No, no, que pase. Pase, pase, señora…
Y en la cara de incomprensión al mirarme, y de interrogatorio al escrutar a Moranta, descubro el maquiavélico plan del acomodado recepcionista de oficina con chapa y uniforme.
- No, ese está esperando su turno- responde sin acritud.- Pase, pase, señora…
Maldito. Maldito funcionario apalancado sin cuentas que rendir, ni prisa por hacer, ni ganas de servir. Mísero maldito. Pero no tengo nada más qué hacer, y trago saliva.
La mujer estaba mirando la tele con su marido. 34 años de matrimonio. Toda la vida en el mismo piso. Han oído un ruido. Muy fuerte. Venía de arriba. La primera vez que lo oía. La mujer se ha asustado. No, no por nada, pero se ha asustado. Y ha subido a ver. Ha llamado a casa de don Juan. 76 años. Viudo. Muy buena gente, se hace querer. Pero mayor, ya mayor. Le cuesta subir las escaleras. Él no ha oído nada. Y han decidido llamar a la puerta de los Beltran. Pareja joven. Entran y salen mucho, pero se les ve limpios. No se sabe si son propietarios. No van a las reuniones de vecinos. Él es muy educado. Y no han abierto. Han llamado más veces. No han contestado. En ese punto, ella creía que era mejor llamar a la policía, pero don Juan ha vuelto a llamar. No han contestado. Han escuchado a través de la puerta, y no se oía nada. Ella ha ido a casa, se ha cambiado la bata y ha bajado a la comisaría. No hay nada extraño en el portal. No hay nada sospechoso en el rellano de los Beltran. No hay nada infrecuente. Su marido sigue viendo la televisión.
¡Tres cuartos de hora! ¡Para explicar esto, se ha tirado cuarenta y siete minutos de reloj! ¡Y el, ahora ya sí, hijo de la gran puta de Moranta, venga darle cuerda! Pero la mujer se hace tan cansina, que tras el quinto ‘¿Qué quiera que haga, señora, si no hay nada raro, sólo un ruido que ha oído usted…, sí, usted y su marido…, y qué quiere que haga yo? ¿Si no hay nada que denunciar…?’, se la saca de encima.
- Siguiente- pronuncia en tono neutro, mirando el horizonte, retomando la compostura, tras beber un largo trago de agua.
Me está buscando. Aquí no hay nadie más. Me está buscando... Y yo no tengo nada más qué hacer… Y él tampoco… Y nos vamos a encontrar…
Así que aguanto, impertérrito, repasándome visualmente las uñas para improvisar una dental manicura. Evidente.
- Siguiente- y ya eleva un poco más el tono.
Y ahora reviso, distraído, las manchas de humedad de la esquina superior izquierda. Imperdonable que no le hayan dado ya una mano de pintura, por otro lado.
- Siguiente!- ahora ya casi grita.
- ¿Ah, yo? ¿Ya es mi turno?- me incorporo para dirigirme, frontal, a una de las dos sillas, viejas, bajas, simétricas, que franquean su mesa triste- es que no sabía si iba a bajar el comisario a repartir las cartulinas…- y me siento en la de la izquierda, con mi enorme rueda de bicicleta en el regazo.
- Hola, buenas. Venía a poner una denuncia.
- Espere el turno- me dice sin levantar la vista.
- ¿Pero… si no hay… nadie…?
- Espere su turno- ya con un tono más grave.
- Vale…- doy un paso hacia atrás, buscando loco una máquina como aquellas que tienen en las carnicerías para repartir tandas. Pero no la hay.
- ¿Me avisará usted de cuando ha llegado mi turno o bajará ahora el comisario a repartir cartulinas de colores con números grandes estampados?
Y esta vez sí, levanta por primera vez la vista de la mesa para dirigirme la palabra.
- Espere, su, turno.
- Vale. Me siento. Supongo que de un modo u otro ya me enteraré…- y me aparto de su mesa.
Me siento en una silla de plástico central, de una tira de seis, color beige, con mi enorme rueda de bicicleta apoyada en el regazo, a observarlo, paciente. No tengo nada más qué hacer.
- Moranta, aquí te dejo una mujer del barrio que viene a poner una denuncia- y mientras el tipo le ofrece con un gesto, cordial, una silla de las que me rodean, Moranta, vengativo, coge impulso para el cuchillazo trapero.
- No, no, que pase. Pase, pase, señora…
Y en la cara de incomprensión al mirarme, y de interrogatorio al escrutar a Moranta, descubro el maquiavélico plan del acomodado recepcionista de oficina con chapa y uniforme.
- No, ese está esperando su turno- responde sin acritud.- Pase, pase, señora…
Maldito. Maldito funcionario apalancado sin cuentas que rendir, ni prisa por hacer, ni ganas de servir. Mísero maldito. Pero no tengo nada más qué hacer, y trago saliva.
La mujer estaba mirando la tele con su marido. 34 años de matrimonio. Toda la vida en el mismo piso. Han oído un ruido. Muy fuerte. Venía de arriba. La primera vez que lo oía. La mujer se ha asustado. No, no por nada, pero se ha asustado. Y ha subido a ver. Ha llamado a casa de don Juan. 76 años. Viudo. Muy buena gente, se hace querer. Pero mayor, ya mayor. Le cuesta subir las escaleras. Él no ha oído nada. Y han decidido llamar a la puerta de los Beltran. Pareja joven. Entran y salen mucho, pero se les ve limpios. No se sabe si son propietarios. No van a las reuniones de vecinos. Él es muy educado. Y no han abierto. Han llamado más veces. No han contestado. En ese punto, ella creía que era mejor llamar a la policía, pero don Juan ha vuelto a llamar. No han contestado. Han escuchado a través de la puerta, y no se oía nada. Ella ha ido a casa, se ha cambiado la bata y ha bajado a la comisaría. No hay nada extraño en el portal. No hay nada sospechoso en el rellano de los Beltran. No hay nada infrecuente. Su marido sigue viendo la televisión.
¡Tres cuartos de hora! ¡Para explicar esto, se ha tirado cuarenta y siete minutos de reloj! ¡Y el, ahora ya sí, hijo de la gran puta de Moranta, venga darle cuerda! Pero la mujer se hace tan cansina, que tras el quinto ‘¿Qué quiera que haga, señora, si no hay nada raro, sólo un ruido que ha oído usted…, sí, usted y su marido…, y qué quiere que haga yo? ¿Si no hay nada que denunciar…?’, se la saca de encima.
- Siguiente- pronuncia en tono neutro, mirando el horizonte, retomando la compostura, tras beber un largo trago de agua.
Me está buscando. Aquí no hay nadie más. Me está buscando... Y yo no tengo nada más qué hacer… Y él tampoco… Y nos vamos a encontrar…
Así que aguanto, impertérrito, repasándome visualmente las uñas para improvisar una dental manicura. Evidente.
- Siguiente- y ya eleva un poco más el tono.
Y ahora reviso, distraído, las manchas de humedad de la esquina superior izquierda. Imperdonable que no le hayan dado ya una mano de pintura, por otro lado.
- Siguiente!- ahora ya casi grita.
- ¿Ah, yo? ¿Ya es mi turno?- me incorporo para dirigirme, frontal, a una de las dos sillas, viejas, bajas, simétricas, que franquean su mesa triste- es que no sabía si iba a bajar el comisario a repartir las cartulinas…- y me siento en la de la izquierda, con mi enorme rueda de bicicleta en el regazo.
miércoles 17 de junio de 2009
Un brindis por Polonia (parte dos)
Poco a poco me va perdiendo el miedo, que no el respeto, y me cuenta su vida. Es un hombre sencillo, afable, con esa piel fuerte y áspera que deja el duro trabajo. Llegó, como muchos, como tantos, movido por la falta de mano de obra que ofertaba el sector de la construcción, y ha estado dando tumbos por todo el territorio según la ubicación de la promotora. Siempre con un grupo de polacos.
- Sí, sí, yo mujer, y dos hijos. ¿Tú hijos?
- No…, yo no.
- Yo dos hijos. Ya…, dos hijos.
- ¿Y… tu familia… aquí?
- No…, Polonia. Mujer Polonia... Hijos Polonia... Yo solo aquí… Todos Polonia... Yo solo…- y la pena se me escapa de nuevo del alma para subirme de golpe a la garganta. Y él aparta la mirada, incómodo, tratando de esconder una amargura que viene de lejos, y que no quiere mostrar, por pudor, o por recelo. Los hombres polacos no lloran, y en su caso aún no sé si es por orgullo o porque ya no le quedan lágrimas que llorar.
Se hace un silencio, casi incómodo, si no fuera porque en el transcurso de nuestra conversación le he prometido, en un alarde de egocentrismo, borrachera y sinceridad, que yo no estaba allí para consolarlo. Sólo puedo escucharlo.
- ¿Otra cerveza, amigo?
- Sí, cerveza. ¿Tú cerveza?
- Sí…, yo también voy a tomarme otra cerveza- me digo a mi mismo, mientras encaro de nuevo al camarero.- Dos cerveses, si us plau.
Se revuelve presto buscando su cartera en el bolsillo trasero, pero mis dedos de prestigiador son más rápidos y alargo, convencido, mi último billete de diez euros.
-No, amigo…, no, estas las pago yo.
- Yo invito, yo invito.
- No, no, a estas invito yo.
Y el joven camarero, aburrido ya de tanto baile vivido desde una barrera cada vez menos transitada, y al que no le ha costado nada seguir nuestra conversación de escuetas palabras y gestos obvios, recoge mi billete de diez y, con disimulo, me devuelve dos de cinco.
- No. A estas invito yo- sentencia con voz firme, a pesar de tener el mismo nudo que yo en la gola.
- Na zdrowie!- le alza el vaso al camarero- Na zdrowie!- me lo ofrece a mi también.
- Na zdrowie!- le replico, y nuestras copas de plástico chocan sin ruido.
Bebemos en silencio. Ya no queda mucho por decir. La melancolía que acarrea el exceso de alcohol y de cansancio hace acto de presencia, y ahora somos ambos los que fijamos nuestra vista en los respectivos vasos, aferrándolos con rabia y decepción. No sé qué decir. Ya no queda mucho por decir.
- No has tenido una vida fácil…, amigo- resumo, sincero.
Y el polaco me mira, con una sonrisa clara, y se le escapa, por primera vez en mucho tiempo, una amarga lágrima tan cargada de dolor, incomprensión y desilusión, que el corazón se me rompe.
- No…, yo vida no fácil…, vida no fácil…, amigo.
Y entonces lo abrazo, instintivamente lo abrazo. Lo abrazo fuerte para que llore tranquilo sin que yo lo vea. Lo abrazo fuerte para que no vea que yo también lloro. Lo abrazo fuerte como no lo ha abrazado nadie en siete años. Y le miento por primera vez.
- Todo irá bien. No te preocupes…, todo irá bien.
Y los altavoces le cantan un tango, mientras se aleja, solo, por una calle en la que ya es de día.
- Sí, sí, yo mujer, y dos hijos. ¿Tú hijos?
- No…, yo no.
- Yo dos hijos. Ya…, dos hijos.
- ¿Y… tu familia… aquí?
- No…, Polonia. Mujer Polonia... Hijos Polonia... Yo solo aquí… Todos Polonia... Yo solo…- y la pena se me escapa de nuevo del alma para subirme de golpe a la garganta. Y él aparta la mirada, incómodo, tratando de esconder una amargura que viene de lejos, y que no quiere mostrar, por pudor, o por recelo. Los hombres polacos no lloran, y en su caso aún no sé si es por orgullo o porque ya no le quedan lágrimas que llorar.
Se hace un silencio, casi incómodo, si no fuera porque en el transcurso de nuestra conversación le he prometido, en un alarde de egocentrismo, borrachera y sinceridad, que yo no estaba allí para consolarlo. Sólo puedo escucharlo.
- ¿Otra cerveza, amigo?
- Sí, cerveza. ¿Tú cerveza?
- Sí…, yo también voy a tomarme otra cerveza- me digo a mi mismo, mientras encaro de nuevo al camarero.- Dos cerveses, si us plau.
Se revuelve presto buscando su cartera en el bolsillo trasero, pero mis dedos de prestigiador son más rápidos y alargo, convencido, mi último billete de diez euros.
-No, amigo…, no, estas las pago yo.
- Yo invito, yo invito.
- No, no, a estas invito yo.
Y el joven camarero, aburrido ya de tanto baile vivido desde una barrera cada vez menos transitada, y al que no le ha costado nada seguir nuestra conversación de escuetas palabras y gestos obvios, recoge mi billete de diez y, con disimulo, me devuelve dos de cinco.
- No. A estas invito yo- sentencia con voz firme, a pesar de tener el mismo nudo que yo en la gola.
- Na zdrowie!- le alza el vaso al camarero- Na zdrowie!- me lo ofrece a mi también.
- Na zdrowie!- le replico, y nuestras copas de plástico chocan sin ruido.
Bebemos en silencio. Ya no queda mucho por decir. La melancolía que acarrea el exceso de alcohol y de cansancio hace acto de presencia, y ahora somos ambos los que fijamos nuestra vista en los respectivos vasos, aferrándolos con rabia y decepción. No sé qué decir. Ya no queda mucho por decir.
- No has tenido una vida fácil…, amigo- resumo, sincero.
Y el polaco me mira, con una sonrisa clara, y se le escapa, por primera vez en mucho tiempo, una amarga lágrima tan cargada de dolor, incomprensión y desilusión, que el corazón se me rompe.
- No…, yo vida no fácil…, vida no fácil…, amigo.
Y entonces lo abrazo, instintivamente lo abrazo. Lo abrazo fuerte para que llore tranquilo sin que yo lo vea. Lo abrazo fuerte para que no vea que yo también lloro. Lo abrazo fuerte como no lo ha abrazado nadie en siete años. Y le miento por primera vez.
- Todo irá bien. No te preocupes…, todo irá bien.
Y los altavoces le cantan un tango, mientras se aleja, solo, por una calle en la que ya es de día.
martes 16 de junio de 2009
Un brindis por Polonia (parte uno)
El sol ya ha salido, pero la música no para. El escenario del embolado ya está vacío, pero el baile no cesa. La multitud empieza a dar síntomas de cansancio, pero nadie quiere dar la fiesta por acabada. Es un pueblo pequeño, y las oportunidades de juntarse para beber y bailar hasta las tantas de la mañana, en medio de la calle, entre la panadería y la caja de ahorros, son escasas. Nadie, ni tan siquiera la policía municipal, que ha preferido empezar el turno patrullando por otros barrios, quiere poner fin a la pacífica aglomeración de doscientos cuerpos que siguen danzando, sonrientes, al son de cuatro atronadores altavoces. Cuando por fin alguien desenchufe, sólo va a quedarnos la resaca y un año de espera para volver a bailar todos juntos y, en un pueblo pequeño, ser el aguafiestas responsable es difícil.
Deambulo, porro en mano, por la improvisada pista de baile, sin dejar de mover rítmicamente el cuerpo, como si me sucediera una larga conga que sólo todos los demás no pueden ver. Cruzo miradas, cada vez más achinadas, y sonrisas, con todos los que desfilan a mi nublado paso. Danzo delante de la joven panadera, y en sus ganas de seguirme el compás veo que me reconoce de haberle comprado dos de medio esta mañana, cuando ambos estábamos sobrios. Salto abrazado al traficante del pueblo, con camisa rosa de marca y collares de oro, que sólo sonríe, sin intención ya de vender más drogas. Me contoneo junto a una rubia de rizos largos y pechos magnos, que se ilumina, coqueta, voluptuosa, aunque sus ojos cansados sólo expresen súplica: ‘Hoy no quiero dormir sola. Hoy no. No me dejes dormir sola. Hoy no’. Pero yo únicamente quiero bailar y bailar. Quiero que mis pies no paren, que la música no pare, que la fiesta no pare y que el fin del mundo nos pille bailando.
Cerveza. De pronto me doy cuenta de que necesito otra cerveza. No sé cómo he llegado hasta este punto sin advertirlo antes, pero tengo la boca tan seca que no puedo ni tragar. Me acerco veloz a las todopoderosas neveras-mostrador de Coca-Cola, rebuscando al tiempo calderilla en mis bolsillos.
- Una cervesa, si us plau- le pido al improvisado camarero por un día, recalcando la urgencia con el tono de mi voz. Mientras aguardo el cáliz de plástico repleto de glorioso líquido dorado, escruto la divertida masa humana que sigue danzando sin tregua. Bebo casi la mitad de un sorbo, curativo, como quien encuentra el oasis tras el duro desierto. Y es entonces cuando me fijo en él.
Tiene unos cincuentaisiete años, viste una camisa azul de finos cuadros amarillos, y luce un bigotito, ya blanco, bien perfilado. Está apostado a mi lado, en la barra, y me llama la atención el modo en que desoye la fiesta que se sucede a su espalda. Sus ojos están fijos en su vaso, medio vacío, que sostiene con rabia y miedo encima del tablero, aferrándolo con una mano fuerte y curtida de hombre trabajador. Dudo. Quiero marcharme de allí, quiero seguir bailando, quiero escapar y que nada me pare. Pero hay algo en su mirada que me inquieta. Mierda.
- ¿Qué pasa, amigo? ¿Cómo estás?- le pregunto, sin demasiada intención. Poco a poco levanta los ojos de su bebida, hasta fijarlos en los míos, y es entonces cuando descubro una de las miradas más tristes que he visto en toda mi vida.
- Bien, bien- responde tímido, con una media sonrisa, como quien no quiere que se le vea la pena. Tiene un marcado acento del este.
- Vaya, pues para ser esto una fiesta, no se te ve muy animado…
- ¿Eh?
- Que no parece que estés muy animado…- repito mientras doy otro sorbo, como queriendo quitarle importancia a la conversación.
- ¿Eh?- me escruta atento a mis labios. Quiere entenderme, pero no puede. Y sus cansados ojos, casi vidriosos, se vuelven a clavar en los míos, solícitos.
- Tu… pareces… no muy… bien- articulo acompañando cada palabra de gestos- ¿Estás bien? ¿Tu… bien?
- Ah, ya, sí, sí, bien, bien- y baja la vista de nuevo, como si no quisiera molestar. Él no es más que un extranjero cansado, borracho y triste, y yo un joven exaltado que sólo quiere bailar. Pero esos ojos duelen.
- ¿Tu… de dónde?
- ¿Yo?- pregunta con sorpresa, extrañado de que alguien quiera conversar con él- Yo, polaco. Polonia.
- ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?
- ¿Eh?
- ¿Tu… cuánto tiempo… aquí?
- Sí…, no sé.- No me ha entendido.
- ¿Tú… trabajas… aquí?
- Sí, sí, yo trabaja aquí.
- ¿Cuánto tiempo… tu trabajas… aquí?
- Siete. Siete años yo trabaja aquí.
- Tú… siete años… trabajas aquí… ¿y tú… no… hablas… español?
- Sí, sí, yo poco español- me confiesa apenado, con arrepentimiento.
- ¿No… español… en trabajo?
- No…, sólo polacos. Trabajo sólo polacos.
Joder. Este hombre lleva siete años trabajando aquí, siete años, y no habla mi idioma porque en siete años no ha hecho otra cosa que trabajar, junto a otro grupo de polacos. Y ahora a ver quien tiene cojones de mirarle a la cara y decirle que eso se acabó, que el trabajo va a tardar en volver, pero que gracias. Joder, qué bien lo estamos haciendo. Joder.
Deambulo, porro en mano, por la improvisada pista de baile, sin dejar de mover rítmicamente el cuerpo, como si me sucediera una larga conga que sólo todos los demás no pueden ver. Cruzo miradas, cada vez más achinadas, y sonrisas, con todos los que desfilan a mi nublado paso. Danzo delante de la joven panadera, y en sus ganas de seguirme el compás veo que me reconoce de haberle comprado dos de medio esta mañana, cuando ambos estábamos sobrios. Salto abrazado al traficante del pueblo, con camisa rosa de marca y collares de oro, que sólo sonríe, sin intención ya de vender más drogas. Me contoneo junto a una rubia de rizos largos y pechos magnos, que se ilumina, coqueta, voluptuosa, aunque sus ojos cansados sólo expresen súplica: ‘Hoy no quiero dormir sola. Hoy no. No me dejes dormir sola. Hoy no’. Pero yo únicamente quiero bailar y bailar. Quiero que mis pies no paren, que la música no pare, que la fiesta no pare y que el fin del mundo nos pille bailando.
Cerveza. De pronto me doy cuenta de que necesito otra cerveza. No sé cómo he llegado hasta este punto sin advertirlo antes, pero tengo la boca tan seca que no puedo ni tragar. Me acerco veloz a las todopoderosas neveras-mostrador de Coca-Cola, rebuscando al tiempo calderilla en mis bolsillos.
- Una cervesa, si us plau- le pido al improvisado camarero por un día, recalcando la urgencia con el tono de mi voz. Mientras aguardo el cáliz de plástico repleto de glorioso líquido dorado, escruto la divertida masa humana que sigue danzando sin tregua. Bebo casi la mitad de un sorbo, curativo, como quien encuentra el oasis tras el duro desierto. Y es entonces cuando me fijo en él.
Tiene unos cincuentaisiete años, viste una camisa azul de finos cuadros amarillos, y luce un bigotito, ya blanco, bien perfilado. Está apostado a mi lado, en la barra, y me llama la atención el modo en que desoye la fiesta que se sucede a su espalda. Sus ojos están fijos en su vaso, medio vacío, que sostiene con rabia y miedo encima del tablero, aferrándolo con una mano fuerte y curtida de hombre trabajador. Dudo. Quiero marcharme de allí, quiero seguir bailando, quiero escapar y que nada me pare. Pero hay algo en su mirada que me inquieta. Mierda.
- ¿Qué pasa, amigo? ¿Cómo estás?- le pregunto, sin demasiada intención. Poco a poco levanta los ojos de su bebida, hasta fijarlos en los míos, y es entonces cuando descubro una de las miradas más tristes que he visto en toda mi vida.
- Bien, bien- responde tímido, con una media sonrisa, como quien no quiere que se le vea la pena. Tiene un marcado acento del este.
- Vaya, pues para ser esto una fiesta, no se te ve muy animado…
- ¿Eh?
- Que no parece que estés muy animado…- repito mientras doy otro sorbo, como queriendo quitarle importancia a la conversación.
- ¿Eh?- me escruta atento a mis labios. Quiere entenderme, pero no puede. Y sus cansados ojos, casi vidriosos, se vuelven a clavar en los míos, solícitos.
- Tu… pareces… no muy… bien- articulo acompañando cada palabra de gestos- ¿Estás bien? ¿Tu… bien?
- Ah, ya, sí, sí, bien, bien- y baja la vista de nuevo, como si no quisiera molestar. Él no es más que un extranjero cansado, borracho y triste, y yo un joven exaltado que sólo quiere bailar. Pero esos ojos duelen.
- ¿Tu… de dónde?
- ¿Yo?- pregunta con sorpresa, extrañado de que alguien quiera conversar con él- Yo, polaco. Polonia.
- ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?
- ¿Eh?
- ¿Tu… cuánto tiempo… aquí?
- Sí…, no sé.- No me ha entendido.
- ¿Tú… trabajas… aquí?
- Sí, sí, yo trabaja aquí.
- ¿Cuánto tiempo… tu trabajas… aquí?
- Siete. Siete años yo trabaja aquí.
- Tú… siete años… trabajas aquí… ¿y tú… no… hablas… español?
- Sí, sí, yo poco español- me confiesa apenado, con arrepentimiento.
- ¿No… español… en trabajo?
- No…, sólo polacos. Trabajo sólo polacos.
Joder. Este hombre lleva siete años trabajando aquí, siete años, y no habla mi idioma porque en siete años no ha hecho otra cosa que trabajar, junto a otro grupo de polacos. Y ahora a ver quien tiene cojones de mirarle a la cara y decirle que eso se acabó, que el trabajo va a tardar en volver, pero que gracias. Joder, qué bien lo estamos haciendo. Joder.
martes 9 de junio de 2009
Croacia puede esperar
Tiene un nueve mensaje en su bandeja de Spam.
Doble click, aunque sólo sea por curiosidad.
‘Croacia es bella y desconocida. Vívela!’, no sólo me informa eDreams en su titular, sino que además me anima a vivirla! Doble click, de nuevo.
‘Dubrovnik, especial de la semana! Vuelos desde 126€’, ya en la página oficial. Las vacaciones se acercan, y Croacia podría ser un buen destino… Bueno, a decir verdad, no se me había pasado hasta ahora por la cabeza, pero si hay vuelos desde 126€, me parece un destino cojonudo!
Sigo clickando; relleno la ciudad de salida, las fechas previstas, tanto de ida como de vuelta, con un cierto margen, que tampoco es cuestión de ir con la lengua fuera también en vacaciones, por lo que, obviamente, la casilla del horario de salida queda marcada en la opción de ‘Lo+barato’.
Leo emocionado en el pie que las rutas de la promoción son desde Barcelona y Bilbao. Vamos bien, joder, vamos bien! Repaso con un rápido vistazo que todo sea correcto… y ahí vamos: Buscar!
La espera se hace eterna. La ruedecita de la pestaña no para de dar vueltas, loca, indicando que está pensando, pero viendo lo que tarda, empiezo a preocuparme por si mi ordenador es retrasado mental.
Alt y tabulador; cambio de pantalla. El imbécil de Mateo no para de hacer viajes a la fotocopiadora, y con lo repelente que puede llegar a ser, no quiero que vea mi búsqueda de viajes, así que vuelve a aparecer el omnipresente Excel. Aún es capaz de vociferar por toda la oficina algo del estilo; ‘Hombre, si necesitas billetes de avión, pídeselos a Natalia, la secretaria, que para eso está, ¿no?’ Claro, como él se pasa todo el verano con su madre en un apartamento de mierda en Benidorm… Dice que es para no dejar al gato solo, pero estoy convencido de que el gato preferiría encerrarse en una perrera que pasar un mes de playa en Benidorm con él y su madre. No dicen que son tan independientes…
Mi mente, imparable, ya empieza a soñar. Croacia! Playas…, Dubrovnik…, manjares croatas…, gente croata… Bueno, vale, lo reconozco, no sé mucho sobre Croacia, y las imágenes que me vienen a la mente son un poco bélicas, pero con vuelos a 126€ estoy hasta dispuesto a comprarme la inútil guía Trotamundos antes de partir.
Por fin el imbécil de Mateo se sienta. Alt y tabulador: cambio de pantalla y…
502,95€??!! 502,95€ por pasajero, gastos de gestión no incluidos??!! Menudos hijos de puta!! Y este es el más barato, que encima te los sacan descendentemente ordenados por precio ascendente…
Compruebo, de mala leche, de muy mala leche, que los datos de mi búsqueda son correctos. Pruebo otras fechas, tanto de ida como de vuelta, sin mayor éxito. Menudos hijos de la gran puta!! ‘eDreams, viajamos contigo’, reza el todopoderoso slogan en la parte superior de la página… Coño, pues ya iré sólo, que si tengo que pagar también vuestros billetes no hace falta que vengáis!
A sabiendas de que la publicidad falsa o engañosa está prohibida, deduzco que sacaron 2 billetes a 126€; uno para la hija del Presidente de la compañía y otro para quien se ofreciera a hacerle una felación, conocedor el hombre de que su hija nunca viajaría sin su inseparable y guapísima compañera de piso. Pues bien, que les aproveche!
Por mi, Croacia puede esperar.
Doble click, aunque sólo sea por curiosidad.
‘Croacia es bella y desconocida. Vívela!’, no sólo me informa eDreams en su titular, sino que además me anima a vivirla! Doble click, de nuevo.
‘Dubrovnik, especial de la semana! Vuelos desde 126€’, ya en la página oficial. Las vacaciones se acercan, y Croacia podría ser un buen destino… Bueno, a decir verdad, no se me había pasado hasta ahora por la cabeza, pero si hay vuelos desde 126€, me parece un destino cojonudo!
Sigo clickando; relleno la ciudad de salida, las fechas previstas, tanto de ida como de vuelta, con un cierto margen, que tampoco es cuestión de ir con la lengua fuera también en vacaciones, por lo que, obviamente, la casilla del horario de salida queda marcada en la opción de ‘Lo+barato’.
Leo emocionado en el pie que las rutas de la promoción son desde Barcelona y Bilbao. Vamos bien, joder, vamos bien! Repaso con un rápido vistazo que todo sea correcto… y ahí vamos: Buscar!
La espera se hace eterna. La ruedecita de la pestaña no para de dar vueltas, loca, indicando que está pensando, pero viendo lo que tarda, empiezo a preocuparme por si mi ordenador es retrasado mental.
Alt y tabulador; cambio de pantalla. El imbécil de Mateo no para de hacer viajes a la fotocopiadora, y con lo repelente que puede llegar a ser, no quiero que vea mi búsqueda de viajes, así que vuelve a aparecer el omnipresente Excel. Aún es capaz de vociferar por toda la oficina algo del estilo; ‘Hombre, si necesitas billetes de avión, pídeselos a Natalia, la secretaria, que para eso está, ¿no?’ Claro, como él se pasa todo el verano con su madre en un apartamento de mierda en Benidorm… Dice que es para no dejar al gato solo, pero estoy convencido de que el gato preferiría encerrarse en una perrera que pasar un mes de playa en Benidorm con él y su madre. No dicen que son tan independientes…
Mi mente, imparable, ya empieza a soñar. Croacia! Playas…, Dubrovnik…, manjares croatas…, gente croata… Bueno, vale, lo reconozco, no sé mucho sobre Croacia, y las imágenes que me vienen a la mente son un poco bélicas, pero con vuelos a 126€ estoy hasta dispuesto a comprarme la inútil guía Trotamundos antes de partir.
Por fin el imbécil de Mateo se sienta. Alt y tabulador: cambio de pantalla y…
502,95€??!! 502,95€ por pasajero, gastos de gestión no incluidos??!! Menudos hijos de puta!! Y este es el más barato, que encima te los sacan descendentemente ordenados por precio ascendente…
Compruebo, de mala leche, de muy mala leche, que los datos de mi búsqueda son correctos. Pruebo otras fechas, tanto de ida como de vuelta, sin mayor éxito. Menudos hijos de la gran puta!! ‘eDreams, viajamos contigo’, reza el todopoderoso slogan en la parte superior de la página… Coño, pues ya iré sólo, que si tengo que pagar también vuestros billetes no hace falta que vengáis!
A sabiendas de que la publicidad falsa o engañosa está prohibida, deduzco que sacaron 2 billetes a 126€; uno para la hija del Presidente de la compañía y otro para quien se ofreciera a hacerle una felación, conocedor el hombre de que su hija nunca viajaría sin su inseparable y guapísima compañera de piso. Pues bien, que les aproveche!
Por mi, Croacia puede esperar.
lunes 8 de junio de 2009
Atrapado en Berlín
Hace calor. Hace un calor insoportable, pero en esta ciudad, cuando el día es gris, como el de hoy, usamos siempre la palabra ‘bochorno’ para definirlo. Sólo de ir andando hasta el videoclub para devolver las películas de la doble sesión dominguera de home cinema, quedo empapado en sudor, por lo que decido hacer una parada y fonda.
- ¿Me pones una agua con gas, con hielo, por favor?- así matamos dos pájaros de un tiro, pienso; secado rápido del sudor y aceleración del proceso de recuperación de la resaca, que con los años se alarga cada vez más, hasta casi bien entrada la noche del lunes. Sobretodo la pesadez de estómago, que parece que no llegue nunca el momento de volver a sentirte limpio por dentro…
- Te enciendo el aire, que hace un bochorno hoy…- argumenta mientras sirve el agua, tratando de establecer conversación, aburrido por ser yo su único cliente.
- Hace un bochorno horroroso- le contesto, para que vea que yo también soy lugareño.
- Sí que es verdad, sí. En cambio, en Berlín..., acabo de volver de Berlín, he estado cuatro años viviendo allí…, nunca hace tanto bochorno como aquí…
Esta es la cuarta vez que paro en este bar, la primera hace ya más de siete meses, y siempre sabe, aunque sea traído por los pelos, encontrar el modo de soltarme que ha vivido durante cuatro años en Berlín.
- Si quieres conectarte, te doy la password del wifi- me dijo la primera vez que me vio sacar el portátil- Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo allí cuatro años…, y allá casi todos los bares tienen conexión a internet, no como aquí…
- Pues aquí está, un café sólo, bien corto, como los hacen en Berlín… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- fue la excusa la segunda vez.
- ¿Una cerveza? ¿Alguna en especial? No, lo digo porque en Berlín siempre piden la cerveza por la marca… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- me argumentó por tercerea vez cuando le pedí una caña.
Cuando salgo, releído el periódico, finalizada la medicinal agua con gas y consumidos tres cigarros casi por inercia, una bicicleta que circula por la acera frena bruscamente para no arrollar a un peatón de barba y pelo blanco. La bronca se monta en un instante:
- ¡Ya está bien, hombre, ya está bien! ¡Qué vais como locos! ¡No se puede ir así por la acera, atropellando a la gente! ¡No hay derecho, hombre, no hay derecho!- le grita el casi agredido barbudo de mediana edad al joven sudamericano, aferrado aún al oxidado manillar de su bici, sorprendido porque las pastillas de freno hayan llegado a responder.
- ¡Sí señor! ¡Tiene usted toda la razón!- se añade una señora mayor de la terraza contigua, agarrada, aún temblorosa por el susto, a su taza de té con limón.
- ¡Si es que son unos animales! ¡Van con las bicicletas como si la acera fuera suya!- increpa también su acompañante, otra anciana mujer con más tiempo vivido del que le queda, seguro, por vivir.
Y en ese impase, aprovechando el silencio que se crea en un altercado cuando ya ha hablado el subconsciente y ya hay que empezar a pensar qué se dice, justo antes de que el sudamericano vuelva a pedalear, suelto, provocativo, mi arañazo:
- Desde luego… Somos la única ciudad europea en la que se permite esta anarquía ciclista…
- ¡Ni que lo jures!!- grita mi camarero desde la puerta de su local- ¡En Berlín estas cosas no pasan!
Y, una vez metida la puntita, el resto ya entra solo.
- Sí, es que acabo de volver de Berlín... He estado viviendo cuatro años allí- explica, ante la atónita mirada del hombre de la barba blanca, el sudamericano de la bicicleta y las dos ancianas de la terraza limítrofe.
Durante mi camino de regreso a casa, no puedo evitar imaginármelo tras la barra de una cafetería berlinesa, igualmente aburrido, buscando la ocasión adecuada para soltarle a todas las rubias con trenzas y grandes pechos, o sin ellas y pechos pequeños, da igual, la que seguro fue la frase que más pronunció en alemán:
- Ich bin gerade zurück aus Barcelona... Ja, ich bin aus Barcelona…
- ¿Me pones una agua con gas, con hielo, por favor?- así matamos dos pájaros de un tiro, pienso; secado rápido del sudor y aceleración del proceso de recuperación de la resaca, que con los años se alarga cada vez más, hasta casi bien entrada la noche del lunes. Sobretodo la pesadez de estómago, que parece que no llegue nunca el momento de volver a sentirte limpio por dentro…
- Te enciendo el aire, que hace un bochorno hoy…- argumenta mientras sirve el agua, tratando de establecer conversación, aburrido por ser yo su único cliente.
- Hace un bochorno horroroso- le contesto, para que vea que yo también soy lugareño.
- Sí que es verdad, sí. En cambio, en Berlín..., acabo de volver de Berlín, he estado cuatro años viviendo allí…, nunca hace tanto bochorno como aquí…
Esta es la cuarta vez que paro en este bar, la primera hace ya más de siete meses, y siempre sabe, aunque sea traído por los pelos, encontrar el modo de soltarme que ha vivido durante cuatro años en Berlín.
- Si quieres conectarte, te doy la password del wifi- me dijo la primera vez que me vio sacar el portátil- Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo allí cuatro años…, y allá casi todos los bares tienen conexión a internet, no como aquí…
- Pues aquí está, un café sólo, bien corto, como los hacen en Berlín… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- fue la excusa la segunda vez.
- ¿Una cerveza? ¿Alguna en especial? No, lo digo porque en Berlín siempre piden la cerveza por la marca… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- me argumentó por tercerea vez cuando le pedí una caña.
Cuando salgo, releído el periódico, finalizada la medicinal agua con gas y consumidos tres cigarros casi por inercia, una bicicleta que circula por la acera frena bruscamente para no arrollar a un peatón de barba y pelo blanco. La bronca se monta en un instante:
- ¡Ya está bien, hombre, ya está bien! ¡Qué vais como locos! ¡No se puede ir así por la acera, atropellando a la gente! ¡No hay derecho, hombre, no hay derecho!- le grita el casi agredido barbudo de mediana edad al joven sudamericano, aferrado aún al oxidado manillar de su bici, sorprendido porque las pastillas de freno hayan llegado a responder.
- ¡Sí señor! ¡Tiene usted toda la razón!- se añade una señora mayor de la terraza contigua, agarrada, aún temblorosa por el susto, a su taza de té con limón.
- ¡Si es que son unos animales! ¡Van con las bicicletas como si la acera fuera suya!- increpa también su acompañante, otra anciana mujer con más tiempo vivido del que le queda, seguro, por vivir.
Y en ese impase, aprovechando el silencio que se crea en un altercado cuando ya ha hablado el subconsciente y ya hay que empezar a pensar qué se dice, justo antes de que el sudamericano vuelva a pedalear, suelto, provocativo, mi arañazo:
- Desde luego… Somos la única ciudad europea en la que se permite esta anarquía ciclista…
- ¡Ni que lo jures!!- grita mi camarero desde la puerta de su local- ¡En Berlín estas cosas no pasan!
Y, una vez metida la puntita, el resto ya entra solo.
- Sí, es que acabo de volver de Berlín... He estado viviendo cuatro años allí- explica, ante la atónita mirada del hombre de la barba blanca, el sudamericano de la bicicleta y las dos ancianas de la terraza limítrofe.
Durante mi camino de regreso a casa, no puedo evitar imaginármelo tras la barra de una cafetería berlinesa, igualmente aburrido, buscando la ocasión adecuada para soltarle a todas las rubias con trenzas y grandes pechos, o sin ellas y pechos pequeños, da igual, la que seguro fue la frase que más pronunció en alemán:
- Ich bin gerade zurück aus Barcelona... Ja, ich bin aus Barcelona…
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