- ¡Hijo mío! ¡Cuánto tiempo! ¿Te quedarás a comer?
- Pero si son las siete de la tarde, abuela- le respondo cariñoso, mientras le alargo dos besos, obviando directamente el hecho de que sólo haya tenido una hija; mi madre.
Físicamente mi abuela está perfecta, entendiendo por ‘perfecta’ los mínimos achaques que sufre un cuerpo que ha vivido casi noventa años. La cabeza es otra cosa… aunque no sé porqué siempre se suele hacer esta distinción, como si la cabeza no formara parte del cuerpo… Pero hace tiempo que empezó a estar más allá que aquí. No es que haya pasado por las diversas fases de deterioro senil, es que se le han ido acumulando todas.
- Pasa, pasa. Así qué, ¿no te quedas a comer?- pérdida de la memoria inmediata, me repito paciente.
- No, abuela, ya he comido. Si son casi las siete de la tarde... He venido a ver cómo estabas, a charlar un poco…- Me espatarro en el sofá, en la zona más próxima a la ventana, para ver si el poco aire que corre consigue hacerme pasar el calor sofocante de la calle. – Y qué, ¿qué te cuentas?
- Bien, bien… Voy tirando. Ahora he venido a pasar unos días aquí, pero supongo que mañana o pasado ya volveré a casa… Tengo que llamar a mi padre porqué no sé si va a venir a recogerme él o qué… bueno, a ver, entiéndeme, que yo aquí estoy bien, pero claro, tampoco es cuestión de abusar…, y además, si la semana que viene es el bautizo de mi hermana, igual tengo que ayudar a mi madre con los preparativos, ¿sabes?
- Claro, claro…- asiento resignado, mientras cruzo la mirada con Rosalía, una mujer peruana, más bien feúcha y regordeta, de mediana edad, que cuida de mi abuela a tiempo completo.
Así transcurre la primera media hora, escuchando las anécdotas de siempre pero en presente, cómo si los tres, mi abuela, Rosalía y yo, estuviéramos charlando cómodamente sentados en el DeLorean de ‘Regreso al Futuro’, conducido esta vez sin rumbo fijo ni destino conocido.
Poco a poco, la buena de Rosalía, viéndose presa en una daliniana conversación nieto-abuela, recoge el mando de la televisión, aún sin volumen, y juguetea tímida con él, como quien busca el fondo de pantalla menos agresivo para acompañar visualmente la charla. Cuando hay algo que considera no aceptable, según su propio criterio, coge el mando, cambia de canal, y vuelve a dejarlo encima de la mesa, en un gesto tan rápido y comedido que casi parece que el canal salte solo.
Pero los variados estímulos visuales son más poderosos que un nieto en modo escucha, y la mente cansada de tantas divagaciones temporales de mi abuela, tarda poco en ser requerida por la pantalla.
- ¿Esto no es aquello que dan cada tarde?- pregunta contenta, tras reconocer el plató de un concurso que le es, al fin, familiar.
- Sube, sube, si quieres…- le indico a Rosalía, que aguarda mi aprobación como quien pide permiso para levantarse de la mesa.
Y así transcurre la hora y media siguiente. Nos abandonamos, los tres, a la contemplación pasiva de la televisión, intercalando diáfanos comentarios esporádicos sobre el contenido que nos arroja; ‘¡Ala! ¿Pero cómo pude ir así vestida? ¿Que no se ve…?’, ‘Uy este…, este es más malo…’, ‘¡Mírala, mírala! Venga, hombre, acaba ya… mira que eres pesada…’.
Transcurrida media hora larga, me percato de la pericia de Rosalía, ama y señora del mando a distancia. Su zapping es excepcionalmente hábil. Salta de canal con una precisión de cirujano, sin titubeos, como si conociera el secreto de la combinación entre programas y anuncios. Pasa del concurso a la tertulia, de la tertulia al programa de cotilleos, de los cotilleos al reportaje de sociedad en directo, y de nuevo al concurso, todo ello sin pasar por ningún anuncio y sin perder el hilo de nada. Hasta cinco programas somos capaces de seguir a la vez. Navega firme, con una agilidad sorprendente, capaz incluso de ajustar al tiempo las discrepancias de volumen entre las distintas cadenas. Sus gruesos dedos se mueven prestos sobre el mando a distancia, eternamente reposado en su regazo, encarado al televisor. Pincha los canales con autoridad, administrando contenidos con seguridad y prestancia, envidia segura del mejor de los regidores de televisión. Surfea majestuosamente de canal en canal, como si de una reputada ‘Tele Jockey’ se tratara, TJ Rosalía, hasta que el inicio al unísono de todos los telediarios pone fin a su arte.
- Bueno abuela, yo ya me voy.
- ¿Vendrás a comer mañana también?
- Mañana no puedo, la semana que viene.- Y le alargo dos nuevos besos, ni más tristes ni más alegres que los dos de inicio.
martes, 2 de junio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario