miércoles, 3 de junio de 2009

Odio el metro

8:50 de la mañana. Odio el metro. El cabrón de mi mecánico ha vuelto a jurar en vano, y la moto sigue en su poder, con las tripas aún esparcidas encima de su sucia mesa de operaciones. La tercerea vez que me juró por su hijas que mañana mismo estaría lista, debí empezar a sospechar que el borracho ese no tiene hijas. Pero no me la podía llevar a piezas. Y yo odio el metro. Siempre lo he odiado. Tengo la sensación de sumergirme en la entrañas de la ciudad a través de su ano.

Mis compañeros de viaje son suficientes para que no queden asientos libres, pero no tantos como para tener que soportar una refriega involuntaria con un fornido jardinero municipal. Apoyado en el pasamanos, ojeo atolondrado un periódico gratuito, más pendiente de los feligreses que me acompañan que de la recolección de noticias de ‘corta y pega’ que propone el susodicho panfleto.

Dos chavales de uniforme de un colegio pijo. Un viejo con olor a naftalina. Dos asistentas del hogar, por separado, pero cortadas por el mismo patrón. Un chico joven con americana y corbata, mirando de reojo a un señor de mediana edad, también con americana y corbata, pero de mejor calidad. Un grupo de cuatro pintores. Una adolescente con los pechos demasiado grandes para ser cubiertos por tan escueta camiseta de tirantes. Un camarero ya con la pajarita y el chaleco.

- Fiuuuu…, fiuuuuu…

Un chaval que no levanta más de un metro del suelo, con la cara sin espacio para una peca más, juega con un Spiderman de plástico, trazando telas de araña imaginarias para balancear el muñeco de un lado a otro del vagón.

- Martín, no molestes.

Sonrío y le arqueo las cejas en señal de ‘no pasa nada’, pero la maternal irrupción en su mundo de fantasía le hace florecer la vergüenza de golpe, y se refugia en las piernas de su madre.
El silencio, denso, tupido, común denominador de todos los viajeros, vuelve a establecerse entre las almas dormidas del convoy, que avanza imparable desvirgando la ciudad. Me distraigo hojeando la sección de deportes que, con partido o sin él a la vista, siempre ocupa más de la mitad de las páginas del periódico, hasta que la voz de Martín, pueril y aguda, nos rompe a todos por dentro.

- Mamá, ¿porqué todos parecen tan tristes?

La madre le aguanta brevemente la mirada, pero por fin levanta sus ojos miel, como los de Martín, y rastrea incómoda el vagón. Es tal el mar de ojos que la observan, expectantes, esperanzados, que no sabe donde posar los suyos. Huye de la mirada del viejo olor a naftalina. Se escabulle del campo visual de las asistentas del hogar. Aparta la vista del chico joven de la corbata. Sus ojos saltan de los del camarero con pajarita y chaleco, pasando por los de los cuatro pintores, hasta los míos. Y finalmente, inconsolable, baja la vista al suelo.

- Venga, Martín, prepárate que ya bajamos.

Las puertas se abren y Martín, su madre, la adolescente de los grandes pechos y yo nos bajamos, para fundirnos un día más con la ciudad. Odio el metro.

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