viernes, 29 de mayo de 2009

Un pez suicida es un pez idiota?

Hace un par de años me compré un pez. Fui a una tienda de estas especializadas y un dependiente con menos luces que la mayoría de los animales que sobrevivían allí, me recomendó un 'Pez Betta'.
- Si lo quieres para una pecera de esas que parecen una frutera de cristal, lo mejor es un 'Pez Betta'. Son unos animales que pueden respirar directamente el oxígeno del aire, sacando la cabeza fuera del agua, por lo que no es necesario que le cambies el agua cada dos por tres...
- Un Pez Betta... -repetí sin convencimiento, tratando de adaptarme a la idea de no salir de allí con el clásico pez naranja de toda la vida...
- Sí, los naranjas -o el cabrón me había leído el pensamiento o yo era menos original que los programadores de Tele5- sólo 'sobreviven' en esas peceras, pero no es una vida adecuada para ellos...
¿Sólo sobreviven? ¿Y los otros que hacen? ¿Tienen una vida digna de hacer una película sobre ella?
- Un Pez Betta... -insistí, como quien insinúa 'Vale, sí, ¿pero no tienes nada más?'
- Bueno, también se conoce como 'El luchador de Siam'... -me argumentó, en un alarde de marketing, tras tres silenciosos y lánguidos minutos en los que su mirada únicamente alternaba entre mis ojos y la pecera repleta de Bettas -En Tailandia los usan para apostar; si pones dos 'Luchadores de Siam' machos en una misma pecera se atacan hasta que uno mata al otro.- Y allí me convenció.
Salí con la eterna bolsa de plástico, mi 'Luchador de Siam' y las instrucciones de uso, como si acabara de adquirir un Gremlin: Dale de comer una vez al día, cámbiale el agua una vez a la semana, y no lo mezcles nunca con otro 'Luchador de Siam' macho en la misma pecera.
Lo llamé 'Subcomandante Ernesto', para que le quedara bien claro des de un buen principio que en aquella casa no se le iban a permitir caprichos absurdos, que estaba dispuesto a aplicar una estricta disciplina militar para garantizar la buena convivencia, y que no era él quien estaba al mando; nadie es tan idiota como para no saber que por encima de un Subcomandante siempre hay un Comandante.
Fueron tiempos hermosos, sí señor. Yo llegaba a casa y le contaba como me había ido el día, y él me escuchaba, o eso simulaba, con tal de hacerme feliz. Le contaba mis peleas de trabajo, la combinación de la primitiva a la que jugábamos esa semana, mis sucias aventuras sexuales y hasta mis secretos fiscales. Todo lo sabía él de mi. Él nunca soltó ni prenda, hermético como era. Supongo que tener un pez es la excusa más fácil para autoconvencerte de que no estás empezando ya a hablar solo.
Pero la vida es una montaña rusa, y después de una subida siempre viene una bajada. Una mañana amaneció flotando panza arriba, inmóvil. Primero pensé que aún le quedaba sueño pendiente, pero con lo madrugador que era, aquello me escamó. Tres manotazos al agua más tarde, me resigné a aceptar que el Subcomandante se había ido. La muerte, todopoderosa, había venido a buscarlo en aquella noche triste para llevárselo de la altea. Ojos vacíos, sonrisa truncada, alma perdida por siempre más. Fin de una vida.
'Polvo somos, y en polvo nos convertiremos', pronuncié con voz grave mientras lo arrojaba por la cisterna. Pensé que eran unas palabras absurdas para un pez, pero también lo son para los seres humanos y no por eso dejan de pronunciarse en entierros y funerales indolentes.
No fue hasta más tarde, cuando sorteaba peatones, semáforos y taxistas en la moto para llegar al curro antes que el jefe, cuando me atacó un pensamiento intranquilo: ¿De que ha muerto el Subcomandante? ¿Si tenía agua y comida, y aún se le veía joven, porque cojones se ha muerto? ¿No era un Pez Betta, que podía respirar fuera del agua? ¿No era un Luchador de Siam, un valiente, un pez bravo capaz de matar a mordiscos a uno de su misma especie?
Con el tiempo y la distancia, cada día estoy más convencido de que el Subcomandante, Ernesto, como le llamábamos los amigos, se suicidó. No se si cerró sus branquias para no respirar, pues a él de poco le servía saltar fuera de la pecera o, en un acto heroico, dejó de comer hasta ver como la vida se le escapaba de entre las escamas. Pero Ernesto se fue por voluntad. El Subcomandante se quitó la vida. El Pez Betta se hartó de este mundo. El Luchador de Siam no quiso dar ni una absurda vuelta más a su pequeña pecera. El gran Subcomandante Ernesto dejó este mundo cuando se cansó de él.
In memoriam.
Subcomandante Ernesto (marzo 2008 - julio 2008)