Arturo, que no lo ha oído la primera vez, se detiene en la esquina, pensativo, como quien recapacita sobre una dirección consultada por un peatón despistado, y yo disimulo. Pero Teo contraataca.
- Podemos ir al vegetariano- repite. Es su barrio, es sólo una comida de trabajo, y Arturo se adhiere a la propuesta, por lo que me olvido de las diversas pizarras con menús que hemos encontrado a nuestro paso y accedo, neutro, con un simple ‘vale, sí, como queráis…’
- No se puede fumar- me recrimina el cocinero-camarero-amo del buffet libre desde su pequeña cocina americana, justo antes de que cruce la puerta. «Cojonudo. Podemos comernos todos los vegetales que queramos pero no nos los podemos fumar», pienso mientras aplasto el cigarro con desdén en mitad su acera, como si cada local fuera subsidiario de su trozo de bordillo. Dos caladas y al suelo. Quince céntimos de euro despilfarrados. Cojonudo.
Con la excusa de explicarnos la mecánica del comedor, «aquí tenéis las bandejas, un grifo con agua tratada con iones, y os podéis servir vosotros mismos la comida que queráis», como si fuéramos esquimales que no han pisado un bufete libre en su vida, nos suelta una gratuita perorata sobre la corta historia del comedor.
- Sí, hasta hace poco era un bar de esos de ‘Los Ángeles del Infierno’, pero el ayuntamiento se lo cerró y me decidí a montar un restaurante vegetariano, que siempre ha sido uno de mis sueños…
Oh, gracias, gran Gurú de las Patatas, gracias por echar a los malos y sembrar el bien con tu comida! No sé que me repele más, si su camisa de rayas cuello Mao, que yo también tengo una, la compré en Menorca, pero no la llevo todos los días para demostrar que soy muy hippie, o la decoración naíf del establecimiento. Mesas de madera sin tratar, sillas de madera sin tratar, un gran globo terráqueo hinchable colgando del techo y enormes inscripciones manuscritas sobre paredes color pastel; TIERRA, NATURALEZA, ETERNIDAD… Como vuelva a entrar un ángel del infierno, vacía el depósito de su Harley y le prende fuego al local!
Mientras Arturo y Teo devoran a cucharadas, ya sentados, un gran tazón de crema de remolacha, yo aún me debato, plato en mano, sobre que ‘exquisitez’ probar primero; ensalada de lechuga y zanahoria, puré de berenjenas con soja, menestra de nabos, cebollas y acelgas, o patatas con calabacín y menta, salteadas, como no, en un wok, que parece que hasta las sartenes estén prohibidas aquí… Y como parece que el abraza-árboles este, receloso, no me quita ojo de encima, decido servirme de todo y en abundancia. Hasta tres rebanadas de pan integral! Te jodes.
Terminado el ágape, durante el cual no he podido concentrarme en la reunión de trabajo pues sólo pensaba en escaparme al zoo a pegarle un mordisco a una cebra, apremio a mis comensales para largarnos de allí cuanto antes.
- ¿Cafés?
- No. Sólo hay té- informa el chamán de las verduras desde su minúscula cocina.
¿Cómo que sólo hay té? ¿Y qué coño le pasa al café? Claro, igual tienes miedo de que si empiezas a servir cafés, la gente te acabe pidiendo carajillos, y de ahí a que esto vuelva a llenarse de ángeles del infierno borrachos rompiendo botellas de cerveza y partiéndose la crisma con palos de billar sólo hay un paso, ¿no? Acepto el brebaje, obviamente sin azúcar, no hagamos excesos…, y lo bebo sin rechistar, no vaya a ser que a los carnívoros nos tilden de intransigentes. Pero la estocada final está por llegar.
- Vale, pues…, 27 euros, 9 por cabeza.
¡Hijo de la gran puta! ¿9 euros por cuatro patatas, dos zanahorias y un puñado de berenjenas? ¡Joder! Ni que te las trajeran unos monjes tibetanos en una furgoneta conducida por Richard Gere… No, si ya sabía yo que no te puedes fiar de un tío que va vestido siempre como si estuviera en un retiro espiritual y cuyo sueño es abrir un restaurante vegetariano… Estos son los peores.
- Cuidado, que se te está quemando el entrecot- le suelto tras recibir mi euro de cambio, señalándole la cocina. Y aprovechando que me da la espalda para verificar inconscientemente sus fogones, desaparezco por la puerta, cobarde, ante las caras de descrédito con las que el resto de los vegetarianos escrutan al Gran Maestro Verdulero.
Ya fuera, reunido de nuevo con Arturo y Teo, saboreo la primera calada de mi cigarrillo, siempre la mejor. Escucho a lo lejos el característico ronroneo de una Harley que se acerca. Veo como aminora su marcha a la altura del restaurante y, tras negar con la cabeza, continua cabizbajo su camino, haciendo retronar su motor por toda la calle. Ángel destronado.
viernes, 5 de junio de 2009
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