Entro decidido, con faso firme. Estos sitios me dan miedo. Desde hace tiempo, que les tengo pánico. Una noche me hicieron descubrir las consecuencias por no temer cuestionar su supremacía, y desde entonces que me tiemblan las piernas cada vez que entro en un sito de estos. Y no quiero que se me note. Por eso entro decidido, con paso firme.
- Hola, buenas. Venía a poner una denuncia.
- Espere el turno- me dice sin levantar la vista.
- ¿Pero… si no hay… nadie…?
- Espere su turno- ya con un tono más grave.
- Vale…- doy un paso hacia atrás, buscando loco una máquina como aquellas que tienen en las carnicerías para repartir tandas. Pero no la hay.
- ¿Me avisará usted de cuando ha llegado mi turno o bajará ahora el comisario a repartir cartulinas de colores con números grandes estampados?
Y esta vez sí, levanta por primera vez la vista de la mesa para dirigirme la palabra.
- Espere, su, turno.
- Vale. Me siento. Supongo que de un modo u otro ya me enteraré…- y me aparto de su mesa.
Me siento en una silla de plástico central, de una tira de seis, color beige, con mi enorme rueda de bicicleta apoyada en el regazo, a observarlo, paciente. No tengo nada más qué hacer.
- Moranta, aquí te dejo una mujer del barrio que viene a poner una denuncia- y mientras el tipo le ofrece con un gesto, cordial, una silla de las que me rodean, Moranta, vengativo, coge impulso para el cuchillazo trapero.
- No, no, que pase. Pase, pase, señora…
Y en la cara de incomprensión al mirarme, y de interrogatorio al escrutar a Moranta, descubro el maquiavélico plan del acomodado recepcionista de oficina con chapa y uniforme.
- No, ese está esperando su turno- responde sin acritud.- Pase, pase, señora…
Maldito. Maldito funcionario apalancado sin cuentas que rendir, ni prisa por hacer, ni ganas de servir. Mísero maldito. Pero no tengo nada más qué hacer, y trago saliva.
La mujer estaba mirando la tele con su marido. 34 años de matrimonio. Toda la vida en el mismo piso. Han oído un ruido. Muy fuerte. Venía de arriba. La primera vez que lo oía. La mujer se ha asustado. No, no por nada, pero se ha asustado. Y ha subido a ver. Ha llamado a casa de don Juan. 76 años. Viudo. Muy buena gente, se hace querer. Pero mayor, ya mayor. Le cuesta subir las escaleras. Él no ha oído nada. Y han decidido llamar a la puerta de los Beltran. Pareja joven. Entran y salen mucho, pero se les ve limpios. No se sabe si son propietarios. No van a las reuniones de vecinos. Él es muy educado. Y no han abierto. Han llamado más veces. No han contestado. En ese punto, ella creía que era mejor llamar a la policía, pero don Juan ha vuelto a llamar. No han contestado. Han escuchado a través de la puerta, y no se oía nada. Ella ha ido a casa, se ha cambiado la bata y ha bajado a la comisaría. No hay nada extraño en el portal. No hay nada sospechoso en el rellano de los Beltran. No hay nada infrecuente. Su marido sigue viendo la televisión.
¡Tres cuartos de hora! ¡Para explicar esto, se ha tirado cuarenta y siete minutos de reloj! ¡Y el, ahora ya sí, hijo de la gran puta de Moranta, venga darle cuerda! Pero la mujer se hace tan cansina, que tras el quinto ‘¿Qué quiera que haga, señora, si no hay nada raro, sólo un ruido que ha oído usted…, sí, usted y su marido…, y qué quiere que haga yo? ¿Si no hay nada que denunciar…?’, se la saca de encima.
- Siguiente- pronuncia en tono neutro, mirando el horizonte, retomando la compostura, tras beber un largo trago de agua.
Me está buscando. Aquí no hay nadie más. Me está buscando... Y yo no tengo nada más qué hacer… Y él tampoco… Y nos vamos a encontrar…
Así que aguanto, impertérrito, repasándome visualmente las uñas para improvisar una dental manicura. Evidente.
- Siguiente- y ya eleva un poco más el tono.
Y ahora reviso, distraído, las manchas de humedad de la esquina superior izquierda. Imperdonable que no le hayan dado ya una mano de pintura, por otro lado.
- Siguiente!- ahora ya casi grita.
- ¿Ah, yo? ¿Ya es mi turno?- me incorporo para dirigirme, frontal, a una de las dos sillas, viejas, bajas, simétricas, que franquean su mesa triste- es que no sabía si iba a bajar el comisario a repartir las cartulinas…- y me siento en la de la izquierda, con mi enorme rueda de bicicleta en el regazo.
martes, 30 de junio de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
Un brindis por Polonia (parte dos)
Poco a poco me va perdiendo el miedo, que no el respeto, y me cuenta su vida. Es un hombre sencillo, afable, con esa piel fuerte y áspera que deja el duro trabajo. Llegó, como muchos, como tantos, movido por la falta de mano de obra que ofertaba el sector de la construcción, y ha estado dando tumbos por todo el territorio según la ubicación de la promotora. Siempre con un grupo de polacos.
- Sí, sí, yo mujer, y dos hijos. ¿Tú hijos?
- No…, yo no.
- Yo dos hijos. Ya…, dos hijos.
- ¿Y… tu familia… aquí?
- No…, Polonia. Mujer Polonia... Hijos Polonia... Yo solo aquí… Todos Polonia... Yo solo…- y la pena se me escapa de nuevo del alma para subirme de golpe a la garganta. Y él aparta la mirada, incómodo, tratando de esconder una amargura que viene de lejos, y que no quiere mostrar, por pudor, o por recelo. Los hombres polacos no lloran, y en su caso aún no sé si es por orgullo o porque ya no le quedan lágrimas que llorar.
Se hace un silencio, casi incómodo, si no fuera porque en el transcurso de nuestra conversación le he prometido, en un alarde de egocentrismo, borrachera y sinceridad, que yo no estaba allí para consolarlo. Sólo puedo escucharlo.
- ¿Otra cerveza, amigo?
- Sí, cerveza. ¿Tú cerveza?
- Sí…, yo también voy a tomarme otra cerveza- me digo a mi mismo, mientras encaro de nuevo al camarero.- Dos cerveses, si us plau.
Se revuelve presto buscando su cartera en el bolsillo trasero, pero mis dedos de prestigiador son más rápidos y alargo, convencido, mi último billete de diez euros.
-No, amigo…, no, estas las pago yo.
- Yo invito, yo invito.
- No, no, a estas invito yo.
Y el joven camarero, aburrido ya de tanto baile vivido desde una barrera cada vez menos transitada, y al que no le ha costado nada seguir nuestra conversación de escuetas palabras y gestos obvios, recoge mi billete de diez y, con disimulo, me devuelve dos de cinco.
- No. A estas invito yo- sentencia con voz firme, a pesar de tener el mismo nudo que yo en la gola.
- Na zdrowie!- le alza el vaso al camarero- Na zdrowie!- me lo ofrece a mi también.
- Na zdrowie!- le replico, y nuestras copas de plástico chocan sin ruido.
Bebemos en silencio. Ya no queda mucho por decir. La melancolía que acarrea el exceso de alcohol y de cansancio hace acto de presencia, y ahora somos ambos los que fijamos nuestra vista en los respectivos vasos, aferrándolos con rabia y decepción. No sé qué decir. Ya no queda mucho por decir.
- No has tenido una vida fácil…, amigo- resumo, sincero.
Y el polaco me mira, con una sonrisa clara, y se le escapa, por primera vez en mucho tiempo, una amarga lágrima tan cargada de dolor, incomprensión y desilusión, que el corazón se me rompe.
- No…, yo vida no fácil…, vida no fácil…, amigo.
Y entonces lo abrazo, instintivamente lo abrazo. Lo abrazo fuerte para que llore tranquilo sin que yo lo vea. Lo abrazo fuerte para que no vea que yo también lloro. Lo abrazo fuerte como no lo ha abrazado nadie en siete años. Y le miento por primera vez.
- Todo irá bien. No te preocupes…, todo irá bien.
Y los altavoces le cantan un tango, mientras se aleja, solo, por una calle en la que ya es de día.
- Sí, sí, yo mujer, y dos hijos. ¿Tú hijos?
- No…, yo no.
- Yo dos hijos. Ya…, dos hijos.
- ¿Y… tu familia… aquí?
- No…, Polonia. Mujer Polonia... Hijos Polonia... Yo solo aquí… Todos Polonia... Yo solo…- y la pena se me escapa de nuevo del alma para subirme de golpe a la garganta. Y él aparta la mirada, incómodo, tratando de esconder una amargura que viene de lejos, y que no quiere mostrar, por pudor, o por recelo. Los hombres polacos no lloran, y en su caso aún no sé si es por orgullo o porque ya no le quedan lágrimas que llorar.
Se hace un silencio, casi incómodo, si no fuera porque en el transcurso de nuestra conversación le he prometido, en un alarde de egocentrismo, borrachera y sinceridad, que yo no estaba allí para consolarlo. Sólo puedo escucharlo.
- ¿Otra cerveza, amigo?
- Sí, cerveza. ¿Tú cerveza?
- Sí…, yo también voy a tomarme otra cerveza- me digo a mi mismo, mientras encaro de nuevo al camarero.- Dos cerveses, si us plau.
Se revuelve presto buscando su cartera en el bolsillo trasero, pero mis dedos de prestigiador son más rápidos y alargo, convencido, mi último billete de diez euros.
-No, amigo…, no, estas las pago yo.
- Yo invito, yo invito.
- No, no, a estas invito yo.
Y el joven camarero, aburrido ya de tanto baile vivido desde una barrera cada vez menos transitada, y al que no le ha costado nada seguir nuestra conversación de escuetas palabras y gestos obvios, recoge mi billete de diez y, con disimulo, me devuelve dos de cinco.
- No. A estas invito yo- sentencia con voz firme, a pesar de tener el mismo nudo que yo en la gola.
- Na zdrowie!- le alza el vaso al camarero- Na zdrowie!- me lo ofrece a mi también.
- Na zdrowie!- le replico, y nuestras copas de plástico chocan sin ruido.
Bebemos en silencio. Ya no queda mucho por decir. La melancolía que acarrea el exceso de alcohol y de cansancio hace acto de presencia, y ahora somos ambos los que fijamos nuestra vista en los respectivos vasos, aferrándolos con rabia y decepción. No sé qué decir. Ya no queda mucho por decir.
- No has tenido una vida fácil…, amigo- resumo, sincero.
Y el polaco me mira, con una sonrisa clara, y se le escapa, por primera vez en mucho tiempo, una amarga lágrima tan cargada de dolor, incomprensión y desilusión, que el corazón se me rompe.
- No…, yo vida no fácil…, vida no fácil…, amigo.
Y entonces lo abrazo, instintivamente lo abrazo. Lo abrazo fuerte para que llore tranquilo sin que yo lo vea. Lo abrazo fuerte para que no vea que yo también lloro. Lo abrazo fuerte como no lo ha abrazado nadie en siete años. Y le miento por primera vez.
- Todo irá bien. No te preocupes…, todo irá bien.
Y los altavoces le cantan un tango, mientras se aleja, solo, por una calle en la que ya es de día.
martes, 16 de junio de 2009
Un brindis por Polonia (parte uno)
El sol ya ha salido, pero la música no para. El escenario del embolado ya está vacío, pero el baile no cesa. La multitud empieza a dar síntomas de cansancio, pero nadie quiere dar la fiesta por acabada. Es un pueblo pequeño, y las oportunidades de juntarse para beber y bailar hasta las tantas de la mañana, en medio de la calle, entre la panadería y la caja de ahorros, son escasas. Nadie, ni tan siquiera la policía municipal, que ha preferido empezar el turno patrullando por otros barrios, quiere poner fin a la pacífica aglomeración de doscientos cuerpos que siguen danzando, sonrientes, al son de cuatro atronadores altavoces. Cuando por fin alguien desenchufe, sólo va a quedarnos la resaca y un año de espera para volver a bailar todos juntos y, en un pueblo pequeño, ser el aguafiestas responsable es difícil.
Deambulo, porro en mano, por la improvisada pista de baile, sin dejar de mover rítmicamente el cuerpo, como si me sucediera una larga conga que sólo todos los demás no pueden ver. Cruzo miradas, cada vez más achinadas, y sonrisas, con todos los que desfilan a mi nublado paso. Danzo delante de la joven panadera, y en sus ganas de seguirme el compás veo que me reconoce de haberle comprado dos de medio esta mañana, cuando ambos estábamos sobrios. Salto abrazado al traficante del pueblo, con camisa rosa de marca y collares de oro, que sólo sonríe, sin intención ya de vender más drogas. Me contoneo junto a una rubia de rizos largos y pechos magnos, que se ilumina, coqueta, voluptuosa, aunque sus ojos cansados sólo expresen súplica: ‘Hoy no quiero dormir sola. Hoy no. No me dejes dormir sola. Hoy no’. Pero yo únicamente quiero bailar y bailar. Quiero que mis pies no paren, que la música no pare, que la fiesta no pare y que el fin del mundo nos pille bailando.
Cerveza. De pronto me doy cuenta de que necesito otra cerveza. No sé cómo he llegado hasta este punto sin advertirlo antes, pero tengo la boca tan seca que no puedo ni tragar. Me acerco veloz a las todopoderosas neveras-mostrador de Coca-Cola, rebuscando al tiempo calderilla en mis bolsillos.
- Una cervesa, si us plau- le pido al improvisado camarero por un día, recalcando la urgencia con el tono de mi voz. Mientras aguardo el cáliz de plástico repleto de glorioso líquido dorado, escruto la divertida masa humana que sigue danzando sin tregua. Bebo casi la mitad de un sorbo, curativo, como quien encuentra el oasis tras el duro desierto. Y es entonces cuando me fijo en él.
Tiene unos cincuentaisiete años, viste una camisa azul de finos cuadros amarillos, y luce un bigotito, ya blanco, bien perfilado. Está apostado a mi lado, en la barra, y me llama la atención el modo en que desoye la fiesta que se sucede a su espalda. Sus ojos están fijos en su vaso, medio vacío, que sostiene con rabia y miedo encima del tablero, aferrándolo con una mano fuerte y curtida de hombre trabajador. Dudo. Quiero marcharme de allí, quiero seguir bailando, quiero escapar y que nada me pare. Pero hay algo en su mirada que me inquieta. Mierda.
- ¿Qué pasa, amigo? ¿Cómo estás?- le pregunto, sin demasiada intención. Poco a poco levanta los ojos de su bebida, hasta fijarlos en los míos, y es entonces cuando descubro una de las miradas más tristes que he visto en toda mi vida.
- Bien, bien- responde tímido, con una media sonrisa, como quien no quiere que se le vea la pena. Tiene un marcado acento del este.
- Vaya, pues para ser esto una fiesta, no se te ve muy animado…
- ¿Eh?
- Que no parece que estés muy animado…- repito mientras doy otro sorbo, como queriendo quitarle importancia a la conversación.
- ¿Eh?- me escruta atento a mis labios. Quiere entenderme, pero no puede. Y sus cansados ojos, casi vidriosos, se vuelven a clavar en los míos, solícitos.
- Tu… pareces… no muy… bien- articulo acompañando cada palabra de gestos- ¿Estás bien? ¿Tu… bien?
- Ah, ya, sí, sí, bien, bien- y baja la vista de nuevo, como si no quisiera molestar. Él no es más que un extranjero cansado, borracho y triste, y yo un joven exaltado que sólo quiere bailar. Pero esos ojos duelen.
- ¿Tu… de dónde?
- ¿Yo?- pregunta con sorpresa, extrañado de que alguien quiera conversar con él- Yo, polaco. Polonia.
- ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?
- ¿Eh?
- ¿Tu… cuánto tiempo… aquí?
- Sí…, no sé.- No me ha entendido.
- ¿Tú… trabajas… aquí?
- Sí, sí, yo trabaja aquí.
- ¿Cuánto tiempo… tu trabajas… aquí?
- Siete. Siete años yo trabaja aquí.
- Tú… siete años… trabajas aquí… ¿y tú… no… hablas… español?
- Sí, sí, yo poco español- me confiesa apenado, con arrepentimiento.
- ¿No… español… en trabajo?
- No…, sólo polacos. Trabajo sólo polacos.
Joder. Este hombre lleva siete años trabajando aquí, siete años, y no habla mi idioma porque en siete años no ha hecho otra cosa que trabajar, junto a otro grupo de polacos. Y ahora a ver quien tiene cojones de mirarle a la cara y decirle que eso se acabó, que el trabajo va a tardar en volver, pero que gracias. Joder, qué bien lo estamos haciendo. Joder.
Deambulo, porro en mano, por la improvisada pista de baile, sin dejar de mover rítmicamente el cuerpo, como si me sucediera una larga conga que sólo todos los demás no pueden ver. Cruzo miradas, cada vez más achinadas, y sonrisas, con todos los que desfilan a mi nublado paso. Danzo delante de la joven panadera, y en sus ganas de seguirme el compás veo que me reconoce de haberle comprado dos de medio esta mañana, cuando ambos estábamos sobrios. Salto abrazado al traficante del pueblo, con camisa rosa de marca y collares de oro, que sólo sonríe, sin intención ya de vender más drogas. Me contoneo junto a una rubia de rizos largos y pechos magnos, que se ilumina, coqueta, voluptuosa, aunque sus ojos cansados sólo expresen súplica: ‘Hoy no quiero dormir sola. Hoy no. No me dejes dormir sola. Hoy no’. Pero yo únicamente quiero bailar y bailar. Quiero que mis pies no paren, que la música no pare, que la fiesta no pare y que el fin del mundo nos pille bailando.
Cerveza. De pronto me doy cuenta de que necesito otra cerveza. No sé cómo he llegado hasta este punto sin advertirlo antes, pero tengo la boca tan seca que no puedo ni tragar. Me acerco veloz a las todopoderosas neveras-mostrador de Coca-Cola, rebuscando al tiempo calderilla en mis bolsillos.
- Una cervesa, si us plau- le pido al improvisado camarero por un día, recalcando la urgencia con el tono de mi voz. Mientras aguardo el cáliz de plástico repleto de glorioso líquido dorado, escruto la divertida masa humana que sigue danzando sin tregua. Bebo casi la mitad de un sorbo, curativo, como quien encuentra el oasis tras el duro desierto. Y es entonces cuando me fijo en él.
Tiene unos cincuentaisiete años, viste una camisa azul de finos cuadros amarillos, y luce un bigotito, ya blanco, bien perfilado. Está apostado a mi lado, en la barra, y me llama la atención el modo en que desoye la fiesta que se sucede a su espalda. Sus ojos están fijos en su vaso, medio vacío, que sostiene con rabia y miedo encima del tablero, aferrándolo con una mano fuerte y curtida de hombre trabajador. Dudo. Quiero marcharme de allí, quiero seguir bailando, quiero escapar y que nada me pare. Pero hay algo en su mirada que me inquieta. Mierda.
- ¿Qué pasa, amigo? ¿Cómo estás?- le pregunto, sin demasiada intención. Poco a poco levanta los ojos de su bebida, hasta fijarlos en los míos, y es entonces cuando descubro una de las miradas más tristes que he visto en toda mi vida.
- Bien, bien- responde tímido, con una media sonrisa, como quien no quiere que se le vea la pena. Tiene un marcado acento del este.
- Vaya, pues para ser esto una fiesta, no se te ve muy animado…
- ¿Eh?
- Que no parece que estés muy animado…- repito mientras doy otro sorbo, como queriendo quitarle importancia a la conversación.
- ¿Eh?- me escruta atento a mis labios. Quiere entenderme, pero no puede. Y sus cansados ojos, casi vidriosos, se vuelven a clavar en los míos, solícitos.
- Tu… pareces… no muy… bien- articulo acompañando cada palabra de gestos- ¿Estás bien? ¿Tu… bien?
- Ah, ya, sí, sí, bien, bien- y baja la vista de nuevo, como si no quisiera molestar. Él no es más que un extranjero cansado, borracho y triste, y yo un joven exaltado que sólo quiere bailar. Pero esos ojos duelen.
- ¿Tu… de dónde?
- ¿Yo?- pregunta con sorpresa, extrañado de que alguien quiera conversar con él- Yo, polaco. Polonia.
- ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?
- ¿Eh?
- ¿Tu… cuánto tiempo… aquí?
- Sí…, no sé.- No me ha entendido.
- ¿Tú… trabajas… aquí?
- Sí, sí, yo trabaja aquí.
- ¿Cuánto tiempo… tu trabajas… aquí?
- Siete. Siete años yo trabaja aquí.
- Tú… siete años… trabajas aquí… ¿y tú… no… hablas… español?
- Sí, sí, yo poco español- me confiesa apenado, con arrepentimiento.
- ¿No… español… en trabajo?
- No…, sólo polacos. Trabajo sólo polacos.
Joder. Este hombre lleva siete años trabajando aquí, siete años, y no habla mi idioma porque en siete años no ha hecho otra cosa que trabajar, junto a otro grupo de polacos. Y ahora a ver quien tiene cojones de mirarle a la cara y decirle que eso se acabó, que el trabajo va a tardar en volver, pero que gracias. Joder, qué bien lo estamos haciendo. Joder.
martes, 9 de junio de 2009
Croacia puede esperar
Tiene un nueve mensaje en su bandeja de Spam.
Doble click, aunque sólo sea por curiosidad.
‘Croacia es bella y desconocida. Vívela!’, no sólo me informa eDreams en su titular, sino que además me anima a vivirla! Doble click, de nuevo.
‘Dubrovnik, especial de la semana! Vuelos desde 126€’, ya en la página oficial. Las vacaciones se acercan, y Croacia podría ser un buen destino… Bueno, a decir verdad, no se me había pasado hasta ahora por la cabeza, pero si hay vuelos desde 126€, me parece un destino cojonudo!
Sigo clickando; relleno la ciudad de salida, las fechas previstas, tanto de ida como de vuelta, con un cierto margen, que tampoco es cuestión de ir con la lengua fuera también en vacaciones, por lo que, obviamente, la casilla del horario de salida queda marcada en la opción de ‘Lo+barato’.
Leo emocionado en el pie que las rutas de la promoción son desde Barcelona y Bilbao. Vamos bien, joder, vamos bien! Repaso con un rápido vistazo que todo sea correcto… y ahí vamos: Buscar!
La espera se hace eterna. La ruedecita de la pestaña no para de dar vueltas, loca, indicando que está pensando, pero viendo lo que tarda, empiezo a preocuparme por si mi ordenador es retrasado mental.
Alt y tabulador; cambio de pantalla. El imbécil de Mateo no para de hacer viajes a la fotocopiadora, y con lo repelente que puede llegar a ser, no quiero que vea mi búsqueda de viajes, así que vuelve a aparecer el omnipresente Excel. Aún es capaz de vociferar por toda la oficina algo del estilo; ‘Hombre, si necesitas billetes de avión, pídeselos a Natalia, la secretaria, que para eso está, ¿no?’ Claro, como él se pasa todo el verano con su madre en un apartamento de mierda en Benidorm… Dice que es para no dejar al gato solo, pero estoy convencido de que el gato preferiría encerrarse en una perrera que pasar un mes de playa en Benidorm con él y su madre. No dicen que son tan independientes…
Mi mente, imparable, ya empieza a soñar. Croacia! Playas…, Dubrovnik…, manjares croatas…, gente croata… Bueno, vale, lo reconozco, no sé mucho sobre Croacia, y las imágenes que me vienen a la mente son un poco bélicas, pero con vuelos a 126€ estoy hasta dispuesto a comprarme la inútil guía Trotamundos antes de partir.
Por fin el imbécil de Mateo se sienta. Alt y tabulador: cambio de pantalla y…
502,95€??!! 502,95€ por pasajero, gastos de gestión no incluidos??!! Menudos hijos de puta!! Y este es el más barato, que encima te los sacan descendentemente ordenados por precio ascendente…
Compruebo, de mala leche, de muy mala leche, que los datos de mi búsqueda son correctos. Pruebo otras fechas, tanto de ida como de vuelta, sin mayor éxito. Menudos hijos de la gran puta!! ‘eDreams, viajamos contigo’, reza el todopoderoso slogan en la parte superior de la página… Coño, pues ya iré sólo, que si tengo que pagar también vuestros billetes no hace falta que vengáis!
A sabiendas de que la publicidad falsa o engañosa está prohibida, deduzco que sacaron 2 billetes a 126€; uno para la hija del Presidente de la compañía y otro para quien se ofreciera a hacerle una felación, conocedor el hombre de que su hija nunca viajaría sin su inseparable y guapísima compañera de piso. Pues bien, que les aproveche!
Por mi, Croacia puede esperar.
Doble click, aunque sólo sea por curiosidad.
‘Croacia es bella y desconocida. Vívela!’, no sólo me informa eDreams en su titular, sino que además me anima a vivirla! Doble click, de nuevo.
‘Dubrovnik, especial de la semana! Vuelos desde 126€’, ya en la página oficial. Las vacaciones se acercan, y Croacia podría ser un buen destino… Bueno, a decir verdad, no se me había pasado hasta ahora por la cabeza, pero si hay vuelos desde 126€, me parece un destino cojonudo!
Sigo clickando; relleno la ciudad de salida, las fechas previstas, tanto de ida como de vuelta, con un cierto margen, que tampoco es cuestión de ir con la lengua fuera también en vacaciones, por lo que, obviamente, la casilla del horario de salida queda marcada en la opción de ‘Lo+barato’.
Leo emocionado en el pie que las rutas de la promoción son desde Barcelona y Bilbao. Vamos bien, joder, vamos bien! Repaso con un rápido vistazo que todo sea correcto… y ahí vamos: Buscar!
La espera se hace eterna. La ruedecita de la pestaña no para de dar vueltas, loca, indicando que está pensando, pero viendo lo que tarda, empiezo a preocuparme por si mi ordenador es retrasado mental.
Alt y tabulador; cambio de pantalla. El imbécil de Mateo no para de hacer viajes a la fotocopiadora, y con lo repelente que puede llegar a ser, no quiero que vea mi búsqueda de viajes, así que vuelve a aparecer el omnipresente Excel. Aún es capaz de vociferar por toda la oficina algo del estilo; ‘Hombre, si necesitas billetes de avión, pídeselos a Natalia, la secretaria, que para eso está, ¿no?’ Claro, como él se pasa todo el verano con su madre en un apartamento de mierda en Benidorm… Dice que es para no dejar al gato solo, pero estoy convencido de que el gato preferiría encerrarse en una perrera que pasar un mes de playa en Benidorm con él y su madre. No dicen que son tan independientes…
Mi mente, imparable, ya empieza a soñar. Croacia! Playas…, Dubrovnik…, manjares croatas…, gente croata… Bueno, vale, lo reconozco, no sé mucho sobre Croacia, y las imágenes que me vienen a la mente son un poco bélicas, pero con vuelos a 126€ estoy hasta dispuesto a comprarme la inútil guía Trotamundos antes de partir.
Por fin el imbécil de Mateo se sienta. Alt y tabulador: cambio de pantalla y…
502,95€??!! 502,95€ por pasajero, gastos de gestión no incluidos??!! Menudos hijos de puta!! Y este es el más barato, que encima te los sacan descendentemente ordenados por precio ascendente…
Compruebo, de mala leche, de muy mala leche, que los datos de mi búsqueda son correctos. Pruebo otras fechas, tanto de ida como de vuelta, sin mayor éxito. Menudos hijos de la gran puta!! ‘eDreams, viajamos contigo’, reza el todopoderoso slogan en la parte superior de la página… Coño, pues ya iré sólo, que si tengo que pagar también vuestros billetes no hace falta que vengáis!
A sabiendas de que la publicidad falsa o engañosa está prohibida, deduzco que sacaron 2 billetes a 126€; uno para la hija del Presidente de la compañía y otro para quien se ofreciera a hacerle una felación, conocedor el hombre de que su hija nunca viajaría sin su inseparable y guapísima compañera de piso. Pues bien, que les aproveche!
Por mi, Croacia puede esperar.
lunes, 8 de junio de 2009
Atrapado en Berlín
Hace calor. Hace un calor insoportable, pero en esta ciudad, cuando el día es gris, como el de hoy, usamos siempre la palabra ‘bochorno’ para definirlo. Sólo de ir andando hasta el videoclub para devolver las películas de la doble sesión dominguera de home cinema, quedo empapado en sudor, por lo que decido hacer una parada y fonda.
- ¿Me pones una agua con gas, con hielo, por favor?- así matamos dos pájaros de un tiro, pienso; secado rápido del sudor y aceleración del proceso de recuperación de la resaca, que con los años se alarga cada vez más, hasta casi bien entrada la noche del lunes. Sobretodo la pesadez de estómago, que parece que no llegue nunca el momento de volver a sentirte limpio por dentro…
- Te enciendo el aire, que hace un bochorno hoy…- argumenta mientras sirve el agua, tratando de establecer conversación, aburrido por ser yo su único cliente.
- Hace un bochorno horroroso- le contesto, para que vea que yo también soy lugareño.
- Sí que es verdad, sí. En cambio, en Berlín..., acabo de volver de Berlín, he estado cuatro años viviendo allí…, nunca hace tanto bochorno como aquí…
Esta es la cuarta vez que paro en este bar, la primera hace ya más de siete meses, y siempre sabe, aunque sea traído por los pelos, encontrar el modo de soltarme que ha vivido durante cuatro años en Berlín.
- Si quieres conectarte, te doy la password del wifi- me dijo la primera vez que me vio sacar el portátil- Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo allí cuatro años…, y allá casi todos los bares tienen conexión a internet, no como aquí…
- Pues aquí está, un café sólo, bien corto, como los hacen en Berlín… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- fue la excusa la segunda vez.
- ¿Una cerveza? ¿Alguna en especial? No, lo digo porque en Berlín siempre piden la cerveza por la marca… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- me argumentó por tercerea vez cuando le pedí una caña.
Cuando salgo, releído el periódico, finalizada la medicinal agua con gas y consumidos tres cigarros casi por inercia, una bicicleta que circula por la acera frena bruscamente para no arrollar a un peatón de barba y pelo blanco. La bronca se monta en un instante:
- ¡Ya está bien, hombre, ya está bien! ¡Qué vais como locos! ¡No se puede ir así por la acera, atropellando a la gente! ¡No hay derecho, hombre, no hay derecho!- le grita el casi agredido barbudo de mediana edad al joven sudamericano, aferrado aún al oxidado manillar de su bici, sorprendido porque las pastillas de freno hayan llegado a responder.
- ¡Sí señor! ¡Tiene usted toda la razón!- se añade una señora mayor de la terraza contigua, agarrada, aún temblorosa por el susto, a su taza de té con limón.
- ¡Si es que son unos animales! ¡Van con las bicicletas como si la acera fuera suya!- increpa también su acompañante, otra anciana mujer con más tiempo vivido del que le queda, seguro, por vivir.
Y en ese impase, aprovechando el silencio que se crea en un altercado cuando ya ha hablado el subconsciente y ya hay que empezar a pensar qué se dice, justo antes de que el sudamericano vuelva a pedalear, suelto, provocativo, mi arañazo:
- Desde luego… Somos la única ciudad europea en la que se permite esta anarquía ciclista…
- ¡Ni que lo jures!!- grita mi camarero desde la puerta de su local- ¡En Berlín estas cosas no pasan!
Y, una vez metida la puntita, el resto ya entra solo.
- Sí, es que acabo de volver de Berlín... He estado viviendo cuatro años allí- explica, ante la atónita mirada del hombre de la barba blanca, el sudamericano de la bicicleta y las dos ancianas de la terraza limítrofe.
Durante mi camino de regreso a casa, no puedo evitar imaginármelo tras la barra de una cafetería berlinesa, igualmente aburrido, buscando la ocasión adecuada para soltarle a todas las rubias con trenzas y grandes pechos, o sin ellas y pechos pequeños, da igual, la que seguro fue la frase que más pronunció en alemán:
- Ich bin gerade zurück aus Barcelona... Ja, ich bin aus Barcelona…
- ¿Me pones una agua con gas, con hielo, por favor?- así matamos dos pájaros de un tiro, pienso; secado rápido del sudor y aceleración del proceso de recuperación de la resaca, que con los años se alarga cada vez más, hasta casi bien entrada la noche del lunes. Sobretodo la pesadez de estómago, que parece que no llegue nunca el momento de volver a sentirte limpio por dentro…
- Te enciendo el aire, que hace un bochorno hoy…- argumenta mientras sirve el agua, tratando de establecer conversación, aburrido por ser yo su único cliente.
- Hace un bochorno horroroso- le contesto, para que vea que yo también soy lugareño.
- Sí que es verdad, sí. En cambio, en Berlín..., acabo de volver de Berlín, he estado cuatro años viviendo allí…, nunca hace tanto bochorno como aquí…
Esta es la cuarta vez que paro en este bar, la primera hace ya más de siete meses, y siempre sabe, aunque sea traído por los pelos, encontrar el modo de soltarme que ha vivido durante cuatro años en Berlín.
- Si quieres conectarte, te doy la password del wifi- me dijo la primera vez que me vio sacar el portátil- Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo allí cuatro años…, y allá casi todos los bares tienen conexión a internet, no como aquí…
- Pues aquí está, un café sólo, bien corto, como los hacen en Berlín… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- fue la excusa la segunda vez.
- ¿Una cerveza? ¿Alguna en especial? No, lo digo porque en Berlín siempre piden la cerveza por la marca… Sí, es que acabo de volver de Berlín, he estado viviendo cuatro años allí…- me argumentó por tercerea vez cuando le pedí una caña.
Cuando salgo, releído el periódico, finalizada la medicinal agua con gas y consumidos tres cigarros casi por inercia, una bicicleta que circula por la acera frena bruscamente para no arrollar a un peatón de barba y pelo blanco. La bronca se monta en un instante:
- ¡Ya está bien, hombre, ya está bien! ¡Qué vais como locos! ¡No se puede ir así por la acera, atropellando a la gente! ¡No hay derecho, hombre, no hay derecho!- le grita el casi agredido barbudo de mediana edad al joven sudamericano, aferrado aún al oxidado manillar de su bici, sorprendido porque las pastillas de freno hayan llegado a responder.
- ¡Sí señor! ¡Tiene usted toda la razón!- se añade una señora mayor de la terraza contigua, agarrada, aún temblorosa por el susto, a su taza de té con limón.
- ¡Si es que son unos animales! ¡Van con las bicicletas como si la acera fuera suya!- increpa también su acompañante, otra anciana mujer con más tiempo vivido del que le queda, seguro, por vivir.
Y en ese impase, aprovechando el silencio que se crea en un altercado cuando ya ha hablado el subconsciente y ya hay que empezar a pensar qué se dice, justo antes de que el sudamericano vuelva a pedalear, suelto, provocativo, mi arañazo:
- Desde luego… Somos la única ciudad europea en la que se permite esta anarquía ciclista…
- ¡Ni que lo jures!!- grita mi camarero desde la puerta de su local- ¡En Berlín estas cosas no pasan!
Y, una vez metida la puntita, el resto ya entra solo.
- Sí, es que acabo de volver de Berlín... He estado viviendo cuatro años allí- explica, ante la atónita mirada del hombre de la barba blanca, el sudamericano de la bicicleta y las dos ancianas de la terraza limítrofe.
Durante mi camino de regreso a casa, no puedo evitar imaginármelo tras la barra de una cafetería berlinesa, igualmente aburrido, buscando la ocasión adecuada para soltarle a todas las rubias con trenzas y grandes pechos, o sin ellas y pechos pequeños, da igual, la que seguro fue la frase que más pronunció en alemán:
- Ich bin gerade zurück aus Barcelona... Ja, ich bin aus Barcelona…
viernes, 5 de junio de 2009
El gurú de las patatas
Arturo, que no lo ha oído la primera vez, se detiene en la esquina, pensativo, como quien recapacita sobre una dirección consultada por un peatón despistado, y yo disimulo. Pero Teo contraataca.
- Podemos ir al vegetariano- repite. Es su barrio, es sólo una comida de trabajo, y Arturo se adhiere a la propuesta, por lo que me olvido de las diversas pizarras con menús que hemos encontrado a nuestro paso y accedo, neutro, con un simple ‘vale, sí, como queráis…’
- No se puede fumar- me recrimina el cocinero-camarero-amo del buffet libre desde su pequeña cocina americana, justo antes de que cruce la puerta. «Cojonudo. Podemos comernos todos los vegetales que queramos pero no nos los podemos fumar», pienso mientras aplasto el cigarro con desdén en mitad su acera, como si cada local fuera subsidiario de su trozo de bordillo. Dos caladas y al suelo. Quince céntimos de euro despilfarrados. Cojonudo.
Con la excusa de explicarnos la mecánica del comedor, «aquí tenéis las bandejas, un grifo con agua tratada con iones, y os podéis servir vosotros mismos la comida que queráis», como si fuéramos esquimales que no han pisado un bufete libre en su vida, nos suelta una gratuita perorata sobre la corta historia del comedor.
- Sí, hasta hace poco era un bar de esos de ‘Los Ángeles del Infierno’, pero el ayuntamiento se lo cerró y me decidí a montar un restaurante vegetariano, que siempre ha sido uno de mis sueños…
Oh, gracias, gran Gurú de las Patatas, gracias por echar a los malos y sembrar el bien con tu comida! No sé que me repele más, si su camisa de rayas cuello Mao, que yo también tengo una, la compré en Menorca, pero no la llevo todos los días para demostrar que soy muy hippie, o la decoración naíf del establecimiento. Mesas de madera sin tratar, sillas de madera sin tratar, un gran globo terráqueo hinchable colgando del techo y enormes inscripciones manuscritas sobre paredes color pastel; TIERRA, NATURALEZA, ETERNIDAD… Como vuelva a entrar un ángel del infierno, vacía el depósito de su Harley y le prende fuego al local!
Mientras Arturo y Teo devoran a cucharadas, ya sentados, un gran tazón de crema de remolacha, yo aún me debato, plato en mano, sobre que ‘exquisitez’ probar primero; ensalada de lechuga y zanahoria, puré de berenjenas con soja, menestra de nabos, cebollas y acelgas, o patatas con calabacín y menta, salteadas, como no, en un wok, que parece que hasta las sartenes estén prohibidas aquí… Y como parece que el abraza-árboles este, receloso, no me quita ojo de encima, decido servirme de todo y en abundancia. Hasta tres rebanadas de pan integral! Te jodes.
Terminado el ágape, durante el cual no he podido concentrarme en la reunión de trabajo pues sólo pensaba en escaparme al zoo a pegarle un mordisco a una cebra, apremio a mis comensales para largarnos de allí cuanto antes.
- ¿Cafés?
- No. Sólo hay té- informa el chamán de las verduras desde su minúscula cocina.
¿Cómo que sólo hay té? ¿Y qué coño le pasa al café? Claro, igual tienes miedo de que si empiezas a servir cafés, la gente te acabe pidiendo carajillos, y de ahí a que esto vuelva a llenarse de ángeles del infierno borrachos rompiendo botellas de cerveza y partiéndose la crisma con palos de billar sólo hay un paso, ¿no? Acepto el brebaje, obviamente sin azúcar, no hagamos excesos…, y lo bebo sin rechistar, no vaya a ser que a los carnívoros nos tilden de intransigentes. Pero la estocada final está por llegar.
- Vale, pues…, 27 euros, 9 por cabeza.
¡Hijo de la gran puta! ¿9 euros por cuatro patatas, dos zanahorias y un puñado de berenjenas? ¡Joder! Ni que te las trajeran unos monjes tibetanos en una furgoneta conducida por Richard Gere… No, si ya sabía yo que no te puedes fiar de un tío que va vestido siempre como si estuviera en un retiro espiritual y cuyo sueño es abrir un restaurante vegetariano… Estos son los peores.
- Cuidado, que se te está quemando el entrecot- le suelto tras recibir mi euro de cambio, señalándole la cocina. Y aprovechando que me da la espalda para verificar inconscientemente sus fogones, desaparezco por la puerta, cobarde, ante las caras de descrédito con las que el resto de los vegetarianos escrutan al Gran Maestro Verdulero.
Ya fuera, reunido de nuevo con Arturo y Teo, saboreo la primera calada de mi cigarrillo, siempre la mejor. Escucho a lo lejos el característico ronroneo de una Harley que se acerca. Veo como aminora su marcha a la altura del restaurante y, tras negar con la cabeza, continua cabizbajo su camino, haciendo retronar su motor por toda la calle. Ángel destronado.
- Podemos ir al vegetariano- repite. Es su barrio, es sólo una comida de trabajo, y Arturo se adhiere a la propuesta, por lo que me olvido de las diversas pizarras con menús que hemos encontrado a nuestro paso y accedo, neutro, con un simple ‘vale, sí, como queráis…’
- No se puede fumar- me recrimina el cocinero-camarero-amo del buffet libre desde su pequeña cocina americana, justo antes de que cruce la puerta. «Cojonudo. Podemos comernos todos los vegetales que queramos pero no nos los podemos fumar», pienso mientras aplasto el cigarro con desdén en mitad su acera, como si cada local fuera subsidiario de su trozo de bordillo. Dos caladas y al suelo. Quince céntimos de euro despilfarrados. Cojonudo.
Con la excusa de explicarnos la mecánica del comedor, «aquí tenéis las bandejas, un grifo con agua tratada con iones, y os podéis servir vosotros mismos la comida que queráis», como si fuéramos esquimales que no han pisado un bufete libre en su vida, nos suelta una gratuita perorata sobre la corta historia del comedor.
- Sí, hasta hace poco era un bar de esos de ‘Los Ángeles del Infierno’, pero el ayuntamiento se lo cerró y me decidí a montar un restaurante vegetariano, que siempre ha sido uno de mis sueños…
Oh, gracias, gran Gurú de las Patatas, gracias por echar a los malos y sembrar el bien con tu comida! No sé que me repele más, si su camisa de rayas cuello Mao, que yo también tengo una, la compré en Menorca, pero no la llevo todos los días para demostrar que soy muy hippie, o la decoración naíf del establecimiento. Mesas de madera sin tratar, sillas de madera sin tratar, un gran globo terráqueo hinchable colgando del techo y enormes inscripciones manuscritas sobre paredes color pastel; TIERRA, NATURALEZA, ETERNIDAD… Como vuelva a entrar un ángel del infierno, vacía el depósito de su Harley y le prende fuego al local!
Mientras Arturo y Teo devoran a cucharadas, ya sentados, un gran tazón de crema de remolacha, yo aún me debato, plato en mano, sobre que ‘exquisitez’ probar primero; ensalada de lechuga y zanahoria, puré de berenjenas con soja, menestra de nabos, cebollas y acelgas, o patatas con calabacín y menta, salteadas, como no, en un wok, que parece que hasta las sartenes estén prohibidas aquí… Y como parece que el abraza-árboles este, receloso, no me quita ojo de encima, decido servirme de todo y en abundancia. Hasta tres rebanadas de pan integral! Te jodes.
Terminado el ágape, durante el cual no he podido concentrarme en la reunión de trabajo pues sólo pensaba en escaparme al zoo a pegarle un mordisco a una cebra, apremio a mis comensales para largarnos de allí cuanto antes.
- ¿Cafés?
- No. Sólo hay té- informa el chamán de las verduras desde su minúscula cocina.
¿Cómo que sólo hay té? ¿Y qué coño le pasa al café? Claro, igual tienes miedo de que si empiezas a servir cafés, la gente te acabe pidiendo carajillos, y de ahí a que esto vuelva a llenarse de ángeles del infierno borrachos rompiendo botellas de cerveza y partiéndose la crisma con palos de billar sólo hay un paso, ¿no? Acepto el brebaje, obviamente sin azúcar, no hagamos excesos…, y lo bebo sin rechistar, no vaya a ser que a los carnívoros nos tilden de intransigentes. Pero la estocada final está por llegar.
- Vale, pues…, 27 euros, 9 por cabeza.
¡Hijo de la gran puta! ¿9 euros por cuatro patatas, dos zanahorias y un puñado de berenjenas? ¡Joder! Ni que te las trajeran unos monjes tibetanos en una furgoneta conducida por Richard Gere… No, si ya sabía yo que no te puedes fiar de un tío que va vestido siempre como si estuviera en un retiro espiritual y cuyo sueño es abrir un restaurante vegetariano… Estos son los peores.
- Cuidado, que se te está quemando el entrecot- le suelto tras recibir mi euro de cambio, señalándole la cocina. Y aprovechando que me da la espalda para verificar inconscientemente sus fogones, desaparezco por la puerta, cobarde, ante las caras de descrédito con las que el resto de los vegetarianos escrutan al Gran Maestro Verdulero.
Ya fuera, reunido de nuevo con Arturo y Teo, saboreo la primera calada de mi cigarrillo, siempre la mejor. Escucho a lo lejos el característico ronroneo de una Harley que se acerca. Veo como aminora su marcha a la altura del restaurante y, tras negar con la cabeza, continua cabizbajo su camino, haciendo retronar su motor por toda la calle. Ángel destronado.
miércoles, 3 de junio de 2009
Odio el metro
8:50 de la mañana. Odio el metro. El cabrón de mi mecánico ha vuelto a jurar en vano, y la moto sigue en su poder, con las tripas aún esparcidas encima de su sucia mesa de operaciones. La tercerea vez que me juró por su hijas que mañana mismo estaría lista, debí empezar a sospechar que el borracho ese no tiene hijas. Pero no me la podía llevar a piezas. Y yo odio el metro. Siempre lo he odiado. Tengo la sensación de sumergirme en la entrañas de la ciudad a través de su ano.
Mis compañeros de viaje son suficientes para que no queden asientos libres, pero no tantos como para tener que soportar una refriega involuntaria con un fornido jardinero municipal. Apoyado en el pasamanos, ojeo atolondrado un periódico gratuito, más pendiente de los feligreses que me acompañan que de la recolección de noticias de ‘corta y pega’ que propone el susodicho panfleto.
Dos chavales de uniforme de un colegio pijo. Un viejo con olor a naftalina. Dos asistentas del hogar, por separado, pero cortadas por el mismo patrón. Un chico joven con americana y corbata, mirando de reojo a un señor de mediana edad, también con americana y corbata, pero de mejor calidad. Un grupo de cuatro pintores. Una adolescente con los pechos demasiado grandes para ser cubiertos por tan escueta camiseta de tirantes. Un camarero ya con la pajarita y el chaleco.
- Fiuuuu…, fiuuuuu…
Un chaval que no levanta más de un metro del suelo, con la cara sin espacio para una peca más, juega con un Spiderman de plástico, trazando telas de araña imaginarias para balancear el muñeco de un lado a otro del vagón.
- Martín, no molestes.
Sonrío y le arqueo las cejas en señal de ‘no pasa nada’, pero la maternal irrupción en su mundo de fantasía le hace florecer la vergüenza de golpe, y se refugia en las piernas de su madre.
El silencio, denso, tupido, común denominador de todos los viajeros, vuelve a establecerse entre las almas dormidas del convoy, que avanza imparable desvirgando la ciudad. Me distraigo hojeando la sección de deportes que, con partido o sin él a la vista, siempre ocupa más de la mitad de las páginas del periódico, hasta que la voz de Martín, pueril y aguda, nos rompe a todos por dentro.
- Mamá, ¿porqué todos parecen tan tristes?
La madre le aguanta brevemente la mirada, pero por fin levanta sus ojos miel, como los de Martín, y rastrea incómoda el vagón. Es tal el mar de ojos que la observan, expectantes, esperanzados, que no sabe donde posar los suyos. Huye de la mirada del viejo olor a naftalina. Se escabulle del campo visual de las asistentas del hogar. Aparta la vista del chico joven de la corbata. Sus ojos saltan de los del camarero con pajarita y chaleco, pasando por los de los cuatro pintores, hasta los míos. Y finalmente, inconsolable, baja la vista al suelo.
- Venga, Martín, prepárate que ya bajamos.
Las puertas se abren y Martín, su madre, la adolescente de los grandes pechos y yo nos bajamos, para fundirnos un día más con la ciudad. Odio el metro.
Mis compañeros de viaje son suficientes para que no queden asientos libres, pero no tantos como para tener que soportar una refriega involuntaria con un fornido jardinero municipal. Apoyado en el pasamanos, ojeo atolondrado un periódico gratuito, más pendiente de los feligreses que me acompañan que de la recolección de noticias de ‘corta y pega’ que propone el susodicho panfleto.
Dos chavales de uniforme de un colegio pijo. Un viejo con olor a naftalina. Dos asistentas del hogar, por separado, pero cortadas por el mismo patrón. Un chico joven con americana y corbata, mirando de reojo a un señor de mediana edad, también con americana y corbata, pero de mejor calidad. Un grupo de cuatro pintores. Una adolescente con los pechos demasiado grandes para ser cubiertos por tan escueta camiseta de tirantes. Un camarero ya con la pajarita y el chaleco.
- Fiuuuu…, fiuuuuu…
Un chaval que no levanta más de un metro del suelo, con la cara sin espacio para una peca más, juega con un Spiderman de plástico, trazando telas de araña imaginarias para balancear el muñeco de un lado a otro del vagón.
- Martín, no molestes.
Sonrío y le arqueo las cejas en señal de ‘no pasa nada’, pero la maternal irrupción en su mundo de fantasía le hace florecer la vergüenza de golpe, y se refugia en las piernas de su madre.
El silencio, denso, tupido, común denominador de todos los viajeros, vuelve a establecerse entre las almas dormidas del convoy, que avanza imparable desvirgando la ciudad. Me distraigo hojeando la sección de deportes que, con partido o sin él a la vista, siempre ocupa más de la mitad de las páginas del periódico, hasta que la voz de Martín, pueril y aguda, nos rompe a todos por dentro.
- Mamá, ¿porqué todos parecen tan tristes?
La madre le aguanta brevemente la mirada, pero por fin levanta sus ojos miel, como los de Martín, y rastrea incómoda el vagón. Es tal el mar de ojos que la observan, expectantes, esperanzados, que no sabe donde posar los suyos. Huye de la mirada del viejo olor a naftalina. Se escabulle del campo visual de las asistentas del hogar. Aparta la vista del chico joven de la corbata. Sus ojos saltan de los del camarero con pajarita y chaleco, pasando por los de los cuatro pintores, hasta los míos. Y finalmente, inconsolable, baja la vista al suelo.
- Venga, Martín, prepárate que ya bajamos.
Las puertas se abren y Martín, su madre, la adolescente de los grandes pechos y yo nos bajamos, para fundirnos un día más con la ciudad. Odio el metro.
martes, 2 de junio de 2009
Los nuevos TJ’s Peruanos
- ¡Hijo mío! ¡Cuánto tiempo! ¿Te quedarás a comer?
- Pero si son las siete de la tarde, abuela- le respondo cariñoso, mientras le alargo dos besos, obviando directamente el hecho de que sólo haya tenido una hija; mi madre.
Físicamente mi abuela está perfecta, entendiendo por ‘perfecta’ los mínimos achaques que sufre un cuerpo que ha vivido casi noventa años. La cabeza es otra cosa… aunque no sé porqué siempre se suele hacer esta distinción, como si la cabeza no formara parte del cuerpo… Pero hace tiempo que empezó a estar más allá que aquí. No es que haya pasado por las diversas fases de deterioro senil, es que se le han ido acumulando todas.
- Pasa, pasa. Así qué, ¿no te quedas a comer?- pérdida de la memoria inmediata, me repito paciente.
- No, abuela, ya he comido. Si son casi las siete de la tarde... He venido a ver cómo estabas, a charlar un poco…- Me espatarro en el sofá, en la zona más próxima a la ventana, para ver si el poco aire que corre consigue hacerme pasar el calor sofocante de la calle. – Y qué, ¿qué te cuentas?
- Bien, bien… Voy tirando. Ahora he venido a pasar unos días aquí, pero supongo que mañana o pasado ya volveré a casa… Tengo que llamar a mi padre porqué no sé si va a venir a recogerme él o qué… bueno, a ver, entiéndeme, que yo aquí estoy bien, pero claro, tampoco es cuestión de abusar…, y además, si la semana que viene es el bautizo de mi hermana, igual tengo que ayudar a mi madre con los preparativos, ¿sabes?
- Claro, claro…- asiento resignado, mientras cruzo la mirada con Rosalía, una mujer peruana, más bien feúcha y regordeta, de mediana edad, que cuida de mi abuela a tiempo completo.
Así transcurre la primera media hora, escuchando las anécdotas de siempre pero en presente, cómo si los tres, mi abuela, Rosalía y yo, estuviéramos charlando cómodamente sentados en el DeLorean de ‘Regreso al Futuro’, conducido esta vez sin rumbo fijo ni destino conocido.
Poco a poco, la buena de Rosalía, viéndose presa en una daliniana conversación nieto-abuela, recoge el mando de la televisión, aún sin volumen, y juguetea tímida con él, como quien busca el fondo de pantalla menos agresivo para acompañar visualmente la charla. Cuando hay algo que considera no aceptable, según su propio criterio, coge el mando, cambia de canal, y vuelve a dejarlo encima de la mesa, en un gesto tan rápido y comedido que casi parece que el canal salte solo.
Pero los variados estímulos visuales son más poderosos que un nieto en modo escucha, y la mente cansada de tantas divagaciones temporales de mi abuela, tarda poco en ser requerida por la pantalla.
- ¿Esto no es aquello que dan cada tarde?- pregunta contenta, tras reconocer el plató de un concurso que le es, al fin, familiar.
- Sube, sube, si quieres…- le indico a Rosalía, que aguarda mi aprobación como quien pide permiso para levantarse de la mesa.
Y así transcurre la hora y media siguiente. Nos abandonamos, los tres, a la contemplación pasiva de la televisión, intercalando diáfanos comentarios esporádicos sobre el contenido que nos arroja; ‘¡Ala! ¿Pero cómo pude ir así vestida? ¿Que no se ve…?’, ‘Uy este…, este es más malo…’, ‘¡Mírala, mírala! Venga, hombre, acaba ya… mira que eres pesada…’.
Transcurrida media hora larga, me percato de la pericia de Rosalía, ama y señora del mando a distancia. Su zapping es excepcionalmente hábil. Salta de canal con una precisión de cirujano, sin titubeos, como si conociera el secreto de la combinación entre programas y anuncios. Pasa del concurso a la tertulia, de la tertulia al programa de cotilleos, de los cotilleos al reportaje de sociedad en directo, y de nuevo al concurso, todo ello sin pasar por ningún anuncio y sin perder el hilo de nada. Hasta cinco programas somos capaces de seguir a la vez. Navega firme, con una agilidad sorprendente, capaz incluso de ajustar al tiempo las discrepancias de volumen entre las distintas cadenas. Sus gruesos dedos se mueven prestos sobre el mando a distancia, eternamente reposado en su regazo, encarado al televisor. Pincha los canales con autoridad, administrando contenidos con seguridad y prestancia, envidia segura del mejor de los regidores de televisión. Surfea majestuosamente de canal en canal, como si de una reputada ‘Tele Jockey’ se tratara, TJ Rosalía, hasta que el inicio al unísono de todos los telediarios pone fin a su arte.
- Bueno abuela, yo ya me voy.
- ¿Vendrás a comer mañana también?
- Mañana no puedo, la semana que viene.- Y le alargo dos nuevos besos, ni más tristes ni más alegres que los dos de inicio.
- Pero si son las siete de la tarde, abuela- le respondo cariñoso, mientras le alargo dos besos, obviando directamente el hecho de que sólo haya tenido una hija; mi madre.
Físicamente mi abuela está perfecta, entendiendo por ‘perfecta’ los mínimos achaques que sufre un cuerpo que ha vivido casi noventa años. La cabeza es otra cosa… aunque no sé porqué siempre se suele hacer esta distinción, como si la cabeza no formara parte del cuerpo… Pero hace tiempo que empezó a estar más allá que aquí. No es que haya pasado por las diversas fases de deterioro senil, es que se le han ido acumulando todas.
- Pasa, pasa. Así qué, ¿no te quedas a comer?- pérdida de la memoria inmediata, me repito paciente.
- No, abuela, ya he comido. Si son casi las siete de la tarde... He venido a ver cómo estabas, a charlar un poco…- Me espatarro en el sofá, en la zona más próxima a la ventana, para ver si el poco aire que corre consigue hacerme pasar el calor sofocante de la calle. – Y qué, ¿qué te cuentas?
- Bien, bien… Voy tirando. Ahora he venido a pasar unos días aquí, pero supongo que mañana o pasado ya volveré a casa… Tengo que llamar a mi padre porqué no sé si va a venir a recogerme él o qué… bueno, a ver, entiéndeme, que yo aquí estoy bien, pero claro, tampoco es cuestión de abusar…, y además, si la semana que viene es el bautizo de mi hermana, igual tengo que ayudar a mi madre con los preparativos, ¿sabes?
- Claro, claro…- asiento resignado, mientras cruzo la mirada con Rosalía, una mujer peruana, más bien feúcha y regordeta, de mediana edad, que cuida de mi abuela a tiempo completo.
Así transcurre la primera media hora, escuchando las anécdotas de siempre pero en presente, cómo si los tres, mi abuela, Rosalía y yo, estuviéramos charlando cómodamente sentados en el DeLorean de ‘Regreso al Futuro’, conducido esta vez sin rumbo fijo ni destino conocido.
Poco a poco, la buena de Rosalía, viéndose presa en una daliniana conversación nieto-abuela, recoge el mando de la televisión, aún sin volumen, y juguetea tímida con él, como quien busca el fondo de pantalla menos agresivo para acompañar visualmente la charla. Cuando hay algo que considera no aceptable, según su propio criterio, coge el mando, cambia de canal, y vuelve a dejarlo encima de la mesa, en un gesto tan rápido y comedido que casi parece que el canal salte solo.
Pero los variados estímulos visuales son más poderosos que un nieto en modo escucha, y la mente cansada de tantas divagaciones temporales de mi abuela, tarda poco en ser requerida por la pantalla.
- ¿Esto no es aquello que dan cada tarde?- pregunta contenta, tras reconocer el plató de un concurso que le es, al fin, familiar.
- Sube, sube, si quieres…- le indico a Rosalía, que aguarda mi aprobación como quien pide permiso para levantarse de la mesa.
Y así transcurre la hora y media siguiente. Nos abandonamos, los tres, a la contemplación pasiva de la televisión, intercalando diáfanos comentarios esporádicos sobre el contenido que nos arroja; ‘¡Ala! ¿Pero cómo pude ir así vestida? ¿Que no se ve…?’, ‘Uy este…, este es más malo…’, ‘¡Mírala, mírala! Venga, hombre, acaba ya… mira que eres pesada…’.
Transcurrida media hora larga, me percato de la pericia de Rosalía, ama y señora del mando a distancia. Su zapping es excepcionalmente hábil. Salta de canal con una precisión de cirujano, sin titubeos, como si conociera el secreto de la combinación entre programas y anuncios. Pasa del concurso a la tertulia, de la tertulia al programa de cotilleos, de los cotilleos al reportaje de sociedad en directo, y de nuevo al concurso, todo ello sin pasar por ningún anuncio y sin perder el hilo de nada. Hasta cinco programas somos capaces de seguir a la vez. Navega firme, con una agilidad sorprendente, capaz incluso de ajustar al tiempo las discrepancias de volumen entre las distintas cadenas. Sus gruesos dedos se mueven prestos sobre el mando a distancia, eternamente reposado en su regazo, encarado al televisor. Pincha los canales con autoridad, administrando contenidos con seguridad y prestancia, envidia segura del mejor de los regidores de televisión. Surfea majestuosamente de canal en canal, como si de una reputada ‘Tele Jockey’ se tratara, TJ Rosalía, hasta que el inicio al unísono de todos los telediarios pone fin a su arte.
- Bueno abuela, yo ya me voy.
- ¿Vendrás a comer mañana también?
- Mañana no puedo, la semana que viene.- Y le alargo dos nuevos besos, ni más tristes ni más alegres que los dos de inicio.
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